Elena soltó un torrente de lágrimas y se deshizo en sollozos.
—¡Y..., y le van ahorcar! —prosiguió con lastimeros ayes.
—No seas tonta, mujer —le dijo Sola, que se había puesto muy pálida—. Y dices que por haber llegado su hermano...
—Sí, un condenado masón que ha venido a armar revoluciones; y como no le han podido coger...
Soledad pasó de la sorpresa a la estupefacción más profunda.
—¡Esos infames polizontes son tan malos!... —añadió la de Cordero—. ¿Qué culpa tiene el pobre Angelito?... Él es liberal, muy liberal; pero se halla decidido, así me lo ha dicho, a no desenvainar su espada contra el rey. Ya sabes que es cadete. No, no: jamás Angelito atentará a los derechos del trono... Pues volviendo a ese vil Romo..., ya sabes que es amigo de los de la policía y de Chaperón.
Sola no oía nada. Estaba absorta y no apartaba su mano del seno. Creía sentir sobre él un peso colosal que la abrumaba.
—Como es amigo de la policía... —añadió Elena—. Ya sabes que registran a todos los presos... Romo encontró en el bolsillo de Angelito la última carta que le escribí... ¿Conoces tú desgracia semejante?
—¿Y qué?
— Que la tiene él..., Romo..., y me la enseñó anoche..., y dice que se la va a enseñar a mamá y a papá cuando venga..., y dice que cuando ahorquen a Angelito él le tirará de los pies...