Un nuevo temporal deshecho de lágrimas, ayes y acongojados sollozos, interrumpió la narración de la inocente doncella.

—Yo me voy —dijo Sola levantándose bruscamente.

—No digas eso —repuso Elena tirando de la falda de su amiga—. Voy a estar llorando todo el día: acompáñame.

—Después.

—Ahora.

—Tengo que salir —repitió Sola sin mirar a su amiga y oprimiéndose el seno.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó Elena tocando también y sintiendo rumor de papeles.

—Nada, nada —repuso la huérfana con turbación.

—¡Ah!, pícara..., las cartas de tu novio..., y no me has querido decir quién es..., y dices que no tienes ninguno; ¡y te escribe tantos pliegos!... Ahí llevas una resma... No te vayas, por amor de Dios.

Sola se despidió de su amiga con gran desasosiego.