—Parece que se te ha desvanecido la alegría —le dijo la muñeca.

—Adiós.

—Espera un rato.

—Ni un minuto... Voy a ver a una persona...

—¿No me has dicho que a comprar otro vestido?

—Es verdad... Volveré pronto. Adiós.

X

Elenita se quedó sola en la calma y silencio de la casa, apenas interrumpidos por los cantorrios de la criada, que chillaba en la cocina acompañándose con el almirez.

La desgraciada joven, más infeliz que todas las mujeres nacidas, según su propio parecer, reanudó su trabajo de coser puntillas, en el cual, si no ponía la artífice gran atención, había de salir muy imperfecto. No iba a las mil maravillas la obra, por cuya razón Elena deshacía con frecuencia lo hecho, tornando a empezar. A ratos aparecían entre la delicada tela de araña algunas lágrimas que se quedaban temblando en los menudos hilos negros, como insectos de diamantes cogidos en una red de pelo. A ratos los suspiros de la obrera hacían moverse y volar los pedazos más pequeños, que se remontaban en busca de otros climas. Frecuentemente se picaba Elenita con la aguja, y muy a menudo se le enredaba el hilo entre los dedos, obligándola a detenerse y a perder los minutos. También solía pasar la aguja con tanta presteza como si fuera puñal y con él tratara de atravesar un corazón aborrecido.

Absorta en sus reflexiones, la niña no advirtió que habían llamado a la puerta, que la criada acababa de abrir, y que un hombre avanzaba con pie muy quedo, al modo de ladrón, hacia la salita donde estaba el taller de encajes. Así es que al sentir las palabras: «¿Se puede pasar?», la joven dio un grito y saltó despavorida, cual si se viera en presencia de un toro del Jarama.