—Váyase usted, señor de Romo, váyase usted —exclamó con terror, refugiándose en un rincón de la estancia—. Mamá no está aquí... Estoy sola...
—Mejor —repuso Romo sonriendo y tratando de dar a su rostro y a su ademán el aire no aprendido de la cortesía—. ¿Me como yo a la gente? ¿Soy ladrón o facineroso?... No; yo vengo aquí con móviles de honradez... ¿Podrán todos decir lo mismo?
—No, aquí no ha entrado nadie, nadie más que usted.
—Puesto que usted lo dice, Elenita, lo creo —dijo el hombre oscuro tomando una silla—. Con la venia de usted me sentaré. Estoy muy fatigado.
—¡Y se sienta!
—Sí, porque tenemos que hablar. Atención, Elenita: yo tengo la desgracia de estar prendado de usted.
—Pues mire usted, yo tengo muchas desgracias, menos esa.
Romo contrajo su semblante, expresando sus afectos, como los animales, de una manera muy opaca, digámoslo así, por ser incapaz de hacerlo de otro modo. No podía decirse si era el ruin despecho o la meritoria resignación lo que determinaba aquel signo ilegible, que en él reemplazaba a la clara sonrisa, señal genérica de la raza humana.
—Pues mire usted —dijo afectando candidez—, a otros les ha pasado lo mismo, y al fin, a fuerza de paciencia, de buenas acciones y de finezas se han hecho adorar de las que les menospreciaban.
—No conseguirá usted tal cosa de la hija de mi madre.