—Pues qué... ¿tan feo soy? —preguntó Romo, indicando que no tenía la peor idea respecto a sus gracias personales.

—No, no; es usted monísimo —dijo Elena con malicia—, pero yo estoy por los feos... ¿Quiere usted hacer una cosa que me agradará mucho?

—No tiene usted más que hablar, y obedeceré.

—Pues déjeme sola.

—Eso no... —repuso frunciendo el ceño—. No pasa un hombre los días y las noches oyendo leer sentencias de muerte, y acompañando negros a la horca; no pasa un hombre, no, su vida entre lágrimas, suspiros, sangre y cuerpos horribles que se zarandean en la soga, para venir un rato en busca de goces puros junto a la que ama, y verse despedido como un perro.

—Pero yo, pobre de mí, ¿qué puedo remediar? —dijo Elena cruzando las manos.

—Es terrible cosa —continuó el hombre-cárcel con hueco acento— que ni siquiera gratitud haya para mí.

—¿Gratitud?..., eso sí..., estamos muy agradecidos.

—Se compromete uno, se hace sospechoso a sus amigos, intercediendo siempre por un don Benigno que mató a muchos guardias del rey en el Arco de Boteros; trabaja uno, se desvive, se desacredita, echa los bofes..., y en pago..., vea usted... ¡Rayo!, hay una niña que en nada estima los beneficios hechos a su familia... ¿Qué le importan a ella la buena opinión del favorecedor de su padre, su honradez, su limpia fama en el comercio?... Todo lo pospone al morrioncillo, a las espuelas doradas y al bigotejo rubio de un mozalbete que no tiene sobre qué caerse muerto, hijo y hermano de conspiradores...

Encendida como la grana, Elena se sentía cobarde. Pero si su valor igualara a su indignación, y sus tijeras pudieran cortar a un hombre como cortaban un hilo, allí mismo dividiera en dos pedazos a Romo.