—Cállese usted, cállese usted —exclamó sofocada.
—Y, sin embargo —añadió el hombre opaco poniéndose más amarillo de lo que comúnmente era—, soy bueno, tengo paciencia, me conformo, callo y padezco... Es verdad que tengo en mi poder un instrumento de venganza..., pero no lo emplearé por razón de amor, no; lo emplearé tan solo por el decoro de esta familia, a quien estimo tanto.
Elena tuvo un arranque de esos que se han visto alguna vez, muy pocas, pero se han visto, en las palomas, en los corderos, en las liebres, en las mariposas, en los seres más pacíficos y bondadosos, y pálida de ira, con los labios secos, y los puños cerrados, apostrofó al amigo de su familia, gritando así:
—Usted es un malvado, y si yo supiera que algún día había de caer en el pecado de quererle, ahora mismo me quitaría la vida para que no pudiera llegar ese día. Usted es un tunante, hipócrita y falsario, y si mi padre dice que no, yo diré que sí, y si mi padre y mi madre me mandan que le quiera, yo les desobedeceré. Hágame usted todo el daño que guste, pues todo lo que venga de usted lo desprecio, sí, señor, como desprecio su persona toda, sí, señor; su alma y su cuerpo, sí, señor... Ahora, ¿quiere usted quitárseme de delante, o tendré que llamar a la vecindad para que me ayude a echarle por la escalera abajo?
Al concluir su apóstrofe, la doncella se quedó sin fuerzas y cayó en una silla; cayó blanda, fría, muerta como la ceniza del papel cuando ha concluido la rápida llama. No tenía fuerzas para nada, ni aun para mirar a su enemigo, a quien suponía levantado ya para matarla. Pero el tenebroso Romo, más que colérico, parecía meditabundo, y miraba al suelo, juzgando sin duda indigno de su perversidad grandiosa el conmoverse por la flagelación de una mano blanca. Su resabio de mascullar se había hecho más notable. Parecía estar rumiando un orujo amargo, del cual había sacado ya el jugo de que nutría perpetuamente su bilis. Veíase el movimiento de los músculos maxilares sobre el carrillo verdoso, donde la fuerte barba afeitada extendía su zona negruzca. Después miró a Elena de un modo que si indicaba algo, era una especie de paciencia feroz o el aplazamiento de su ira. La córnea de sus ojos era amarilla, como suele verse en los hombres de la raza etiópica, y su iris, negro con azulados cambiantes. Fijaba poco la vista, y rara vez miraba directamente como no fuera al suelo. Creeríase que el suelo era un espejo, donde aquellos ojos se recreaban viendo su polvorosa imagen.
Levantose pesadamente, y dando vueltas entre las manos al sombrero, habló así:
—Y sin embargo, Elena, yo la adoro a usted... Usted me insulta, y yo repito que la adoro a usted... Cada uno según su natural; el mío es requemarme de amor... ¡Rayo!, si usted me quisiera, aunque no fuese sino poquitín, me dejaría gobernar como un perro faldero... Sería usted la más feliz de las mujeres y yo el más feliz de los hombres, porque la quiero a usted más que a mi vida.
Sus palabras veladas y huecas parecían salir de una mazmorra. Sin embargo, hubo en el tono del hombre oscuro una inflexión que casi, casi podría creerse sentimental; pero esto pasó, fue cosa de brevísimo instante, como la rápida y apenas perceptible desafinación de un buen instrumento músico en buenas manos. Elena se echó a llorar.
—Ya ve usted que no puede ser —balbució.
—Ya veo que no puede ser —añadió Romo mirando a su espejo, es decir, a los ladrillos—. Puede que sea un bien para usted. Mi corazón es demasiado grande y negro... Ama de una manera particular..., tiene esquinas y picos..., de modo que no podrá querer sin hacer daño... A mí me llaman el hombre de bronce... Adiós, Elenita..., quedamos en que me resigno..., es decir, en que me muero... Usted me aborrece... ¡Rayo, con cuánta razón!... Es que soy malo, perverso, y amenacé a usted con hacer ahorcar a ese pobre pajarito de Seudoquis... No lo haré... Si lo ahorcara, al fin le olvidaría usted, olvidándose también de mí... Eso sí que no me gusta. Es preciso que usted se acuerde de este desgraciado alguna vez.