Elena, no comprendiendo nada de tan incoherentes razones, vacilaba entre la compasión y la repugnancia.

—Además, yo había amenazado a usted con otra cosa —dijo Romo retrocediendo después de dar dos pasos hacia la puerta—. Yo tengo una carta, sí, aquí está..., en mi cartera la llevo siempre. Es una esquela que usted escribió a esa lagartija. En ella dice que yo soy un animal... Bien: puede que sea verdad. Yo dije que iba a mostrar la carta a su mamá de usted... No; ¿a qué viene eso? Me repugnan las intriguillas de comedia. ¡Yo enseñando cartas ajenas, en que me llaman animal!... Tome usted el papelejo y no hablemos más de eso.

Romo largó la mano con un papel arrugado, del cual se apoderó Elena, guardándolo prontamente.

—Gracias —murmuró.

En aquel instante oyose la campanilla de la puerta, y la voz de don Benigno que gritaba:

—¡Hija mía, soy yo, tu padre!

Elena corrió a abrir, y el amoroso don Benigno abrazó con frenesí a su adorada hija, comiéndose a besos la linda cara, sonrosada de llorar. También él lloraba como una mujer.

—¿Quién está aquí?... ¿Con quién hablabas? —preguntó con viveza el padre, luego que pasaron las primeras expansiones de su amor.

Al entrar en la sala, don Benigno vio a Romo que iba a su encuentro abriendo también los brazos.

—¡Ah! ¿Estaba usted aquí..., era usted...? ¡Amigo mío!