—No esperábamos todavía al señor Cordero —dijo Romo—. Desconfiaba de que le soltaran a usted.

—¿Por qué llorabas, hija mía, antes de yo entrar? —dijo el patriota, fijando en esto toda su atención.

—El señor Romo —repuso Elena muy turbada, pero en situación de poder disimularlo bien— acababa de entrar...

—Yo creí que estaría aquí doña Robustiana —añadió el realista.

—Y me decía —prosiguió Elena—, me estaba diciendo que usted..., pues, que no había esperanzas de que le soltaran, padre.

—Eso me dijeron esta mañana en la Superintendencia; pero por lo visto las órdenes que se dieron la semana pasada han hecho efecto.

—Venga acá el mejor de los amigos, venga acá —exclamó don Benigno con entusiasmo, abriendo los brazos para estrechar en ellos a su salvador—. Otro abrazo..., y otro... A usted debo mi libertad. No sé cómo pagarle este beneficio... Es como deber la vida... Venga otro abrazo... ¡Haber dado tantos pasos para que no me maltrataran en Zaragoza, haberme servido tan lealmente, tan desinteresadamente! No, no se ve esto todos los días. Y es más admirable en tiempos en que no hay amigo para amigo... Yo liberal, usted absolutista, y sin embargo, me ha librado de la horca. Gracias, mil gracias, señor don Francisco Romo —añadió con emoción que brotaba como un torrente de su alma honrada—. ¡Bendita sea la memoria de su padre de usted! Por ella juro que mi gratitud será tan duradera como mi vida.

Era la hora de comer; y cerrada la tienda, llegaron la señora, los niños y el mancebo. Quiso don Benigno que les acompañase Romo a la frugal mesa; pero excusose el voluntario y partió, dejando a la hidalga familia entregada a su felicidad. Elena no respiró fácilmente hasta que no vio la casa libre de la desapacible lobreguez de aquel hombre.

XI

Dejamos a don Patricio como aquellas estatuas vivas de hielo, a cuya mísera quietud y frialdad quedaban reducidas, según confesión propia, las heroínas de las comedias tan duramente flageladas por Moratín. El alma del insigne patriota había caído de improviso en turbación muy honda, saliendo de aquel dulce estado de serenidad en que ha tiempo vivía. Dudas, temores, desconsuelo y congoja le sobresaltaron en invasión aterradora, sin que la presencia de Sola le aliviara, porque la huérfana habló muy poco durante todo aquel día, y no dijo nada de lo que a nuestro anciano había quitado hasta la última sombra de sosiego.