Mas por la noche, cuando la joven se retiraba, volvió a decir la terrible frase:
—Si yo me fuera a Inglaterra, ¿qué harías tú, viejecillo bobo?
Don Patricio no pudo hablar, porque su garganta era como de bronce, y todo el cuerpo se le quedó frío. No pudo dormir nada en toda la noche, revolviendo en su mente sin cesar la terrible pregunta.
—¡Consagrar yo mi vida a una criatura como esta!... —exclamaba en su calenturiento insomnio—. ¡Amarla con todas las fuerzas del alma, ser padre para ella, ser amigo, ser esclavo, y a lo mejor oír hablar de un viaje a Inglaterra!... ¡Ingrata, mil veces ingrata! ¡Te ofrezco mi gloria; transmito a ti, bendiciéndote, los laureles que han de ornar mi frente, y me abandonas!... ¡Ah, Señor, Señor de todas las cosas!... ¡La ocasión ha llegado! El momento de mi sacrificio sublime está presente. No espero más. ¡Adiós, hija de mi corazón; adiós, esperanza mía, a quien diputé por compañera de mi fama!... Tú a Inglaterra, yo a la inmortalidad... ¿Pero a qué vas tú a Inglaterra, grandísima loca? ¿A qué?... Sepámoslo. ¡Ay!, te llama el amor de un hombre, no me lo niegues; de un hombre a quien amas más que a mí, más que a tu padre, más que al abuelo Sarmiento... ¡Por vida de la ch...! Esto no lo puedo consentir, no mil veces... Yo tengo mucho corazón... Sola, Sola de mi vida..., ¿por qué me abandonas? ¿Por qué te vas, y dejas solo, pobre, miserable, a tu buen viejecito que te adora como a los ángeles? ¿De qué me acusas? ¿Te he faltado en algo? ¿No soy siempre tu perrillo obediente y callado que no respiraría si su respiración te molestara?
Diciendo esto, sus lágrimas regaban la almohada y las sábanas revueltas.
Al día siguiente notó que Sola estaba también muy triste, y que había llorado; pero no se atrevió a preguntarle nada.
Por la noche, luego que cenaron, Sola, después de larga pausa de meditación, durante la cual su amigo la miraba como se mira a un oráculo que va a romper a hablar, dijo simplemente:
—Abuelito Sarmiento, una cosa tengo que decirte.
Don Patricio sintió que su corazón bailaba como una peonza.
—Pues, abuelito Sarmiento —añadió la joven, mostrando que le era muy difícil decir lo que decía—, yo, la verdad... ¡tengo una pena, una pena tan grande!... Si pudiera llevarte conmigo, te llevaría, pero me es imposible, es absolutamente imposible. Me han mandado ir sola, enteramente sola.