Don Patricio dejó caer su cabeza sobre el pecho, y le pareció que todo él caía, como un viejo roble abatido por el huracán. Lanzó un gemido como los que exhala la vida al arrancar del mundo su raíz y huir.

—Es preciso tener resignación —dijo Sola poniéndole la mano en el hombro—. Tú, en realidad, no eres hombre de mucha fe, porque con esas doctrinas de la libertad los hombres de hoy pierden el temor de Dios, y principiando por aborrecer a los curas, acaban por olvidarse de Dios y de la Virgen.

—Yo creo en Dios —murmuró Sarmiento—. Ya ves que he ido a misa desde que tú me lo has mandado.

—Sí, no dudo que creerás; pero no tan vivamente como se debe creer, sobre todo cuando una desgracia nos cae encima —dijo la huérfana con enérgica expresión—. Ahora que vamos a separarnos, conviene que mi viejecito tenga la entereza cristiana que es propia de su edad y de su buen juicio..., porque su juicio es bueno, y felizmente ya no se acuerda de aquellas glorias, laureles, sacrificios, inmortalidades, que le hacían tan divertido para los granujas de las calles.

—Yo no he renunciado ni debo renunciar a mi destino —repuso el anciano humildemente.

—Ni aun por mí...

—Por ti tal vez; pero si te vas...

—Si me voy, será para volver —replicó Sola con ternura—. Yo confío en que el abuelito Sarmiento será razonable, será juicioso. Si el abuelito, en vez de hacer lo que le mando, se entrega otra vez o la vida vagabunda, y vuelve a ser el hazmerreír de los holgazanes, tendré grandísima pena. Pues qué, ¿no hay en el mundo y en Madrid otras personas caritativas que puedan cuidar de ti como he cuidado yo? Hay, sí, personas llenas de abnegación y de amor de Dios, las cuales hacen esto mismo por oficio, abuelito, y consagran su vida a cuidar de los pobres ancianos desvalidos, de los pobres enfermos y de los niños huérfanos. A estas personas confiaré a mi pobre viejecillo bobo, para que me le cuiden hasta que yo vuelva.

Don Patricio, que había empezado a hacer pucheros, rompió a llorar con amargura.

—Soledad, hija de mi alma... —exclamó—. Ya comprendo lo que quieres decirme. Tu intención es ponerme en un asilo... ¡Lo dices y no tiemblas!