Después, variando de tono súbitamente, porque variaba de idea, ahuecó la voz, alzó la mano y dijo:

—¡Y crees tú que a un hombre como este se le mete en un hospicio! Sola, Sola, piénsalo bien. Tú has olvidado qué clase de mortal es el que tienes en tu casa. ¡Y me crees capaz de aceptar esa vida oscura, sin gloria y sin ti, sin ti y sin gloria!, ¡ay!, los dos polos de mi existencia... Mira, niña de mi alma, para que comprendas cuánto te quiero y cómo has conquistado mi gran corazón, te diré que yo no soy el que era; que si mis ideas no han variado, han variado mis acciones y mi conducta.

Y luego, con una seriedad que hizo sonreír a Sola en medio de su pena, se expresó así:

—Es evidente..., porque esto es evidente como la luz del día..., que yo estoy destinado a coronarme de gloria, a adornar mi frente de rayos esplendorosos, sacrificándome por la libertad, ofreciéndome como víctima expiatoria en el altar de la patria, como el insigne general, mi compañero de martirio, que me espera en la mansión de los justos, allá donde las virtudes y el heroísmo tienen eterno premio... Pues bien: es tanto lo que te quiero, que por tu cariño he ido dejando pasar días y días y hasta meses sin cumplir esto que ya no es para mí una predestinación tan solo, sino un deber sagrado. ¿Me entiendes?

Soledad le pasó la mano por la cabeza, incitándole a que no siguiese tocando aquel tema.

—Por ti, solo por ti... —prosiguió el viejo—. ¡Me da tanta pena dejarte!... Así es que me digo: «Tiempo habrá, Señor...». ¿Creerás que aquí en tu compañía se me han pasado semanas enteras sin acordarme de semejante cosa?... Hay más todavía: yo estaba dispuesto a hacer un sacrificio mayor..., ¿te espantas?, que es el de sacrificarte mi sacrificio, ¿no lo entiendes?... Sí, poner a tus pies mi propia gloria, mi corona de estrellas... Sí, chiquilla, yo estaba dispuesto a no separarme jamás de ti, y a no pensar más en la política..., ni en Riego, ni en la libertad... ¡Oh, hija mía! Tú no puedes comprender la inmensidad de tal sacrificio. Por él juzgarás de la inmensidad del amor que te tengo. ¡Y cuando yo renuncio por ti a lo que es mi propia vida, a mi idea santa, gloriosa, augusta, tú me abandonas, me echas a un lado como mueble inútil, me mandas a un hospicio y te vas!...

Soledad veía crecer y tomar proporciones aquel problema de la separación que le causaba tanta pena. Su alma no era capaz de arrepentirse del bien que había hecho al desvalido anciano; pero deploraba que por los misteriosos designios de Dios, la caridad que hiciera algunos meses antes le trajese ahora aquel conflicto que empezaba a surgir en su cristiano corazón.

—El Señor nos iluminará —dijo, remitiendo su cuita al que ya la había salvado de grandes peligros—. ¡Si tú le pidieras con fervor, como yo lo hago, luz, fuerzas, paciencia y fe, sobre todo fe...!

—Yo le pediré todo lo que tú quieras, hija de mi alma; yo tendré fe... Dices que tengo poca; pues tendremos mucha. Me has contagiado de tantas cosas, que no dudo he de adquirir la fe que tú, solo con mirarme, me estás infundiendo.

—Para adquirir ese tesoro —dijo Sola con cierto entusiasmo— no basta mirarme a mí ni que yo te mire a ti, abuelo, es preciso pedirlo a Dios, y pedírselo con ardiente deseo de poseer su gracia, abriendo de par en par las puertas del corazón para que entre; es preciso que nuestra sensibilidad y nuestro pensamiento se junten para alimentar ese fuego que pedimos y que al fin se nos ha de dar. Teniendo ese tesoro, todo se consigue: fuerzas para soportar la desgracia, valor para acometer los peligros, bondad para hacer bien a nuestros enemigos, conformidad y esperanza, que son las muletas de la vida para todos los que cojeamos en ella.