—Pues yo haré que mi sensibilidad y mi pensamiento se encaminen a Dios, niña mía —replicó el vagabundo participando del entusiasmo de su favorecedora—. Haré todo lo que mandas.
—Y tendrás fe.
—Tendremos fe..., sí; venga fe.
—Con ella resolveremos todas las cuestiones —dijo Sola acariciando el flaco cuello de su amigo—. Ahora, abuelito, es preciso que nos recojamos. Es tarde.
—Como tú quieras. Para los que no duermen, como yo, nunca es tarde ni temprano.
—Es preciso dormir.
—¿Duermes tú?
—Toda la noche.
—Me parece que me engañas... En fin, buenas noches. ¿Sabes lo que voy a hacer si me desvelo? Pues voy a rezar, a rezar fervorosamente como en mis tiempos juveniles, como rezábamos Refugio y yo cuando teníamos contrariedades, alguna deudilla que no podíamos pagar, alguna enfermedad de nuestro adorado Lucas... Ello es que siempre salíamos bien de todo.
—A rezar, sí; pero con el corazón, sin dejar de hacerlo con los labios.