—Adiós, ángel de mi guarda —dijo Sarmiento besándola en la frente—. Hasta mañana, que seguiremos tratando estas cosas.
Retirose Soledad, y el anciano se fue a su cuarto y se acostó, durmiéndose prontamente; mas tuvo la poca suerte de despertar al poco tiempo sobresaltado, nervioso, con el cerebro ardiendo.
—Ea, ya estamos desvelados —dijo dando vueltas en su cama, que había sido para él durante diez meses un lecho de rosas—. Voy a poner por obra lo que me mandó la niña: voy a rezar.
Disponiendo devotamente su espíritu para el piadoso ejercicio, rezó todo lo rezable, desde las oraciones elementales del dogma católico hasta las que en distintas épocas ha inventado la piedad para dar pasto al insaciable fervor de los siglos. Sarmiento rezó a Dios, a la Virgen, a los santos que antaño habían sido sus abogados, sin olvidar a los que fueron procuradores de Refugio, mientras esta les necesitara.
Mas a pesar de ello, el anciano no advirtió que entrara gran porción de calma en su espíritu; antes bien sentíase más irritado, más inquieto, con propensiones a la furia y a protestar contra su malhadada suerte. Como llegara un instante en que no pudo permanecer en el abrasado lecho, levantose en la oscuridad y se vistió a toda prisa sin estar seguro de ponerse la ropa al derecho. Sentía impulsos de salir gritando por toda la casa, y de llamar a Sola, y echarle en cara la crueldad de su conducta y decirle: «Ven acá, loca, ¿quién es el infame que te llama desde Inglaterra?... ¿Qué vas tú a hacer a Inglaterra?... ¡Ah! Es un noviazgo lo que te llama. Y si es noviazgo, ¡vive Dios!, ¿quién es ese monstruo? Dime su nombre, y correré allá y le arrancaré las entrañas».
En la sala distinguió débil claridad: supuso que había luz en el cuarto de su amiga. Paso a paso, avanzando como los ladrones, dirigiose allá; empujada suavemente la puerta, pasó a un gabinete; deslizose como una sombra, extendiendo las manos para tocar los objetos que pudieran estorbarle el paso. La puerta de la alcoba estaba entreabierta; había luz dentro, pero no se oía el más leve rumor. Alargando el cuello, Sarmiento vio a Sola dormida junto a una mesa en la cual había papeles y tintero.
«Estaba escribiendo —pensó,— y se ha dormido. Veremos a quién».
Entró en la alcoba, andando quedamente y con mucho cuidado para no hacer ruido. Su rostro anhelante, su cuerpo tembloroso, sus ojos ávidos y saltones, dábanle aspecto de fantasma; y si la joven despertase en aquel momento, se llenaría de terror al verle. Dormía profundamente, la cabeza apoyada en el respaldo del sillón. Delante tenía una carta a medio escribir, y otra muy larga y de letra extraña, a la cual sin duda estaba contestando cuando se durmió.
—Yo conozco esa letra —pensó Sarmiento, devorando con los ojos el escrito, apoyado en un libro puesto de canto a manera de atril.
Conteniendo su respiración, el vagabundo examinó el pliego, que abierto por el centro no presentaba ni el principio ni el fin. Después fijó los ojos en la carta medio escrita por Sola. Don Patricio miraba y fruncía el ceño apretando las mandíbulas. Tenía tal aspecto de ferocidad aviesa, que si él mismo pudiera verse tuviera miedo de sí mismo. No tardó mucho en satisfacer su curiosidad, y era esta tan intensa, que después de leer una vez, leyó la segunda. A la tercera no estaba tampoco satisfecho; mas temiendo que la joven despertara, se retiró como había venido. Al llegar a su cuarto se dejó caer en la cama, y dando un gran suspiro exclamó para sí: