«¡Bien lo decía yo: los emigrados...!».
XII
Muy gozoso y satisfecho estaba don Benigno Cordero con el suceso de su vuelta a la patria y al hogar querido, y resuelto a que el contento le durase, hacía propósito firmísimo de no tornar a mezclarse en política, ni vestir uniforme, ni menos hacer heroicidades en Boteros ni en otro arco alguno. Verdad es que guardaba en su pecho, cual tesoro riquísimo, o como los restos queridos de una persona amada que se depositan en secreta urna, las mismas aficiones políticas a que debió su destierro. Eso sí: antes creyera que el sol salía de noche que dejar de ver en la libertad, en el progreso y en la soberanía del pueblo, la felicidad de las naciones. Mas era preciso poner una losa sobre estas cosas, y don Benigno la puso.
—Desde hoy —dijo— Benigno Cordero no es más que un comerciante de encajes. No adulará al absolutismo, no dirá una sola palabra en favor de este; pero no, ya no tocará más el pito constitucional ni la flauta de la Milicia. A Segura llevan preso. Yo tengo ideas, sí, ideas firmes, pero tengo hijos. Es posible, es casi seguro que otros, que también tienen mis ideas, las hagan triunfar; pero mis hijos por nadie serán cuidados si se quedan sin padre. Atrás las doctrinas por ahora, y adelante los muchachos. Ahora silencio, paz, retraimiento absoluto..., cabeza baja y pico cerrado... Pero, ¡ay!, alma mía, allá recogida en ti misma y sin que te oigan los oídos de la propia carne en que estás encerrada, no ceses de gritar: «¡Viva, viva, y mil veces viva la señora Libertad!».
Los muchos amigos del exjefe de milicianos le felicitaban cordialmente, y sus parroquianos, así como sus compañeros de comercio, recibieron gran contento al verle. Como era tan generoso, y tenía un natural por demás expansivo, antojósele, ocho días después del de su vuelta, obsequiar a los amigos con un modesto banquete dedicado a grabar en la memoria de todos el fausto evento de su liberación; pero doña Robustiana, cuyo sentido práctico igualaba al peso de su cuerpo, le quitó de la cabeza la idea de aquel dispendioso alarde, arguyéndole así:
—Desgraciadamente no estamos para fiestas. Acuérdate del dinero que has gastado en congraciarte con esos pillos; que tiempo hay de dar banquetes. Mañana domingo, 28 de agosto, haremos para la cena un extraordinario de poca monta, y convidaremos a Romo, al señor de Pipaón, que también nos ha servido, y a Sola. Total: tres convidados. Basta, hombre, basta. Tiempo hay de echar la casa por la ventana, y no faltará un motivo para ello ni tampoco elementos, ¿me entiendes?..., porque si siguen los frailes reponiendo la ropa de altar, no faltará venta de encaje blanco en todo el año que corre.
Don Benigno, como siempre, armonizó su opinión con la de su cara esposa, y a consecuencia de tan dulce concordia, al día siguiente la cocina de los Cordero despedía inusitado aroma de ricas especias, el cual anunciaba a toda la vecindad la presencia de un extraordinario. A la hora de la cena resplandecía el comedor con la luz de dos quinqués, colocados en contrapuestos sitios, y alrededor de la mesa se sentaron el señor de Pipaón, Sola y los de Cordero, sin excluir los niños, que ocupaban un extremo junto a su hermana. El puesto más preeminente entre los de convite estaba vacío, lo cual causaba gran disgusto a don Benigno.
—¿Por qué no habrá venido Romo? —decía—. Es particular: no le hemos visto desde el día de mi llegada. ¿Estará enojado con nosotros?
Se esperó un rato; pero viendo que no parecía, dio principio el banquete. El digno anfitrión estaba intranquilo por aquella ausencia de su amigo, y a cada instante miraba a su esposa como para preguntarle qué opinaba ella de tan extraño caso. Ya doña Robustiana había dicho:
—Estará muy ocupado en la Comandancia de Voluntarios. Se le han mandado tres avisos al anochecer. Ustedes no saben bien la calma que gasta el señor de Romo. Otra noche le convidamos a cenar y se descolgó aquí a las diez de la noche.