La señora presidía majestuosamente la mesa y gobernaba con mucha destreza aquella maniobra de los banquetes antiguos, consistente en estar pasando platos de aquí para allí, y de derecha a izquierda, como si los convidados, en vez de reunirse para comer, lo hicieran para jugar al juego de sopla y vivo te lo doy. Descollaba su hermoso busto por encima de la blanca mesa, a manera de un tronco forrado en tela oscura sobre el cual colocaran su cabeza como provisionalmente y mientras parecía el cuello perdido. Con la estrechez del ajuste, los abundantes dones que en ella acumuló sin tasa Natura formaban un circuito de tanta extensión, que una mosca (esto puede asegurarse y lo certificaron testigos oculares), una mosca, decimos, que salió de uno de los brazos para ir al otro pasando por delante, tardó no se sabe cuánto tiempo en dar la vuelta y llegar a su destino.
En el otro extremo de la mesa, Primitivo y Segundo, que por ser día de fiesta vestían de padres provinciales de la Orden dominica, estaban bajo la vigilancia de Soledad y Elena respectivamente, las cuales no podían probar bocado, entretenidas en enseñar a los frailescos ángeles el modo de comer; y mientras el uno se rociaba con sopa los hábitos, llevábase el otro la cuchara a los ojos, sin cesar de pedir, chillar y hacer comentos varios sobre cuanto desde la fuente a sus platos pasaba.
Pipaón, cuyo apetito parecía crecer a medida que había menos motivos aparentes para ello, amenizaba con chistes la comida. Estaba elegantísimo, como de costumbre, el ingenioso cortesano, ataviado con su calzón blanco, su levita polonesa de mangas jamonadas, su corbata metálica destinada a anticipar la idea de la muerte en garrote, por si acaso algún día era el individuo condenado a ella. Revueltos los cabellos con artístico desorden, parecía su cabeza una escoba, en lo cual cumplía a maravilla con los conceptos de la moda corriente. ¡Oh!, era aquel un señor muy bondadoso y sencillo, que lo mismo se sentaba a la mesa del rico que a la del pobre, con tal que en ellas hubiera buenos manjares que comer; y sin dar privadamente excesiva importancia a las ideas políticas, lo mismo fraternizaba con el negro que con el blanco, siempre que ni el uno ni el otro le estorbasen en su prodigioso medro. Menos alegre que su comensal a causa de la ausencia de Romo, don Benigno conversaba con chispa y donaire, volviendo con graciosa movilidad el rostro hacia Pipaón, hacia su esposa y hacia la silla vacía donde se echaba de menos la torva figura del voluntario realista; y, ¡cosa singular!, aquella silla donde no se sentaba el hombre oscuro, tenía cierto aspecto lúgubre. Romo no estaba allí, y, sin embargo, parecía que estaba.
Esquivando entrar en el tema político a que la verbosidad importuna y mareante de Pipaón quería llevarle, don Benigno dijo:
—Ya he manifestado cuál es mi propósito. Y qué, señor don Juan, ¿cree usted que me será difícil cumplirlo? De ningún modo. Los que necesitan de la política para vivir, porque si no hay bullanga no comen, difícilmente aceptarán esta oscura vida privada que es mi delicia. Quite usted a los intrigantes la política, y será como si les cortaran las manos a los rateros o los pies a las bailarinas. ¿Digo mal? Hoy con este partido, mañana con el otro, ello es que siempre se les ve a flote...
A don Benigno se le cayó del tenedor un pedazo de calabacín que en él tenía, aguardando a que la boca callase para entrar. La causa de tan inesperado siniestro fue que doña Robustiana le estaba tocando el codo, primero suavemente y después con fuerza, para que su marido cayese en la cuenta de que estaba haciendo la sátira de Pipaón.
—Verdad es que no todos los que se ocupan de política son así —dijo el honrado comerciante pinchando de nuevo la hortaliza—, ya se comprende; pero ni a unos ni a otros quiero parecerme. La vida privada es hoy mi sueño de oro... No quiere decir que en lo íntimo de mi alma no exista siempre... Pero dejemos esto. Puede uno llevar en su fuero interno el fardo que más le acomode, sin necesidad de ponerse una etiqueta en la frente..., esto es claro como el agua. No hay necesidad de meter ruido. En la vida privada puede tener el buen ciudadano mil ocasiones de realizar fines patrióticos y de servir a la patria. ¿Cómo? Cumpliendo lealmente esa multitud de pequeños esfuerzos que en conjunto reclaman tanta energía como cualquier acto de heroísmo: así lo ha dicho Juan Jacobo Rous..., tente, lengüita. Dejemos a ese caballero en su casa, pues hay palabras que ahorcan... Yo me concreto a lo siguiente: vea usted mi plan, señor de Pipaón.
Antes que el plan de don Benigno, merecía la atención de Bragas una lonja de ternera, cuyo especioso condimento bastaba a acreditar la ciencia culinaria de la señora de Cordero.
—Muy bien, señor don Benigno —gruñó Pipaón, engullendo—. Su plan de usted me parece muy bien asado... No, no; quiero decir que la ternera está muy bien asada, y que su plan de usted es excelente, sabrosísimo, es decir atinadísimo.
—Mi plan es el siguiente: yo trabajo todo el día, con excepción de los domingos; yo cumplo con los preceptos de nuestra Santa Madre la Iglesia oyendo misa, confesando y comulgando como se me manda; yo cumplo asimismo mis obligaciones comerciales; yo no debo un cuarto a nadie; yo educo a mis hijos; yo pago mis contribuciones puntualmente; yo obedezco todas las leyes, decretos, bandos y órdenes de la autoridad; yo hago a los pobres la limosna que mi fortuna me permite; yo no hablo mal de nadie, ni siquiera del gobierno; yo sirvo a los amigos en lo que puedo; yo no conspiro; yo celebro mucho que todos vivan bien y estén contentos; en suma, yo quiero ser la más ordenada, puntual y exacta clavija de esta gran máquina que se llama la patria, para que no dé por mi causa el más ligero tropezón... ¿Qué tal? ¿Me explico bien?