Conversación tan interesante hubo de interrumpirse, porque uno de los chicos tuvo la ocurrencia de derramar sobre su hábito toda la salsa que había en el plato, mientras el otro berrequeaba como un ternero porque no le permitían comer con las manos. Calmada la agitación al otro extremo de la mesa, don Benigno continuó:
—Siempre ha sido mi norma de conducta..., Segundito, cuidado..., ocupar el puesto que me señalaban las circunstancias. He sido y soy esclavo de mi deber... Primitivo, que te estoy mirando; ¿cómo se coge el tenedor?... Un día las circunstancias me dijeron: «es preciso que seas valiente», y fui valiente. Heridas tengo que darán razón de ello. Hoy me dicen las circunstancias: «es preciso que seas pacífico», y pacífico soy... Niños, ¿me enfado?... Mi conciencia está tranquila con tan juicioso plan de conducta; a mi conciencia obedezco, y nada más.
En esto sonaron fuertes campanillazos en la puerta de la casa.
—A buena hora viene ese señor..., cuando ya estamos en los postres —dijo don Benigno—. De seguro es Romo.
—No, no llama él de ese modo —observó la señora, poniendo atención para oír en el momento que la criada abría.
—Puede que sea Romo —indicó Pipaón dirigiendo sus dedos en persecución de una pera que rodaba por el mantel.
—Son dos señores, dos hombres —dijo la criada entrando en el comedor—. Preguntan por el amo.
—Allá voy —dijo Cordero levantándose.
—Que esperen —manifestó doña Robustiana con mal humor—. ¡Que siempre te has de levantar de la mesa...!
Don Benigno salió con la servilleta sujeta al cuello. En la sala encontró a dos hombres desconocidos.