—Una luz, Reyes —gritó a la criada.

La claridad de la vela que trajo la moza permitió al honrado patriota distinguir bien las fisonomías. Creía reconocer aquellas caras. Ninguna de las dos despertaba grandes simpatías, y en cuanto a los cuerpos eran de lo más sospechoso que puede imaginarse.

—¿Es usted don Benigno Cordero? —le preguntó uno de ellos secamente.

—Para lo que gusten mandar. ¿Qué quieren ustedes?

—Que venga usted con nosotros.

—¿A dónde?

—¡Toma!..., a la cárcel —exclamó el individuo esgrimiendo su bastoncillo, y admirado de que no se hubiera comprendido el objeto de tan grata visita.

Don Benigno se quedó aturdido... Creía soñar... Estaba lelo.

—¡A la cárcel! —murmuró.

—Y pronto. Tenemos que hacer...