—A la cárcel... —dijo otra vez Cordero, como el delirante que repite un tema—. Yo..., ¿por qué?..., yo..., ¿han dicho que a la cárcel...?
—Sí, señor, a la cárcel... Nosotros no tenemos que explicar... No somos jueces —graznó el polizonte con desenfado y altanería; consecuente con el tono general de los pillastres que se dedican a perseguir a la gente honrada.
—Aguarden un momento —dijo Cordero sin saber lo que decía—. Voy... Les diré a ustedes...
Dio varias vueltas, tropezó en una puerta. Parecía un hombre que ha perdido la cabeza y la está buscando. Sin propósito deliberado, fue al comedor, entró. Su esposa y su hija perdieron el color al ver su cara, que era la cara de un muerto.
—Son dos caballeros —murmuró Cordero con voz trémula—. Dos amigos... No hay que asustarse... Tengo que salir con ellos... Pipaón, amigo, salga usted a ver qué es eso... Mi sombrero, ¿en dónde está mi sombrero?
Dio una vuelta alrededor de la mesa y salió otra vez. Sin duda había perdido el juicio.
—Conque dicen ustedes que... ¡a la cárcel!... ¿Y se podrá saber...?
—Si usted no viene pronto —dijo el polizonte con ira—, llamaremos a los voluntarios que están abajo.
El otro bribón había encendido un cigarro y fumaba mirando los cuadros de la sala.
—Pues vamos. Esto es una equivocación —dijo el comerciante recobrando un poco su entereza.