—¿Pero su hija de usted no se presenta? —preguntó el primer esbirro.
—¡Mi hija!
—¡Sí, señor, su hija! —exclamó el mismo abriendo las manos y mostrando en dos abanicos de carne sus diez dedos sucios, negros, nudosos y con las yemas amarillas por el uso del cigarro de papel.
—¿Y para qué tiene que presentarse mi hija?
—¿Pues qué?... ¿No le dije que su hija tiene que venir también a la cárcel?
—Usted no me ha dicho nada, y si me lo hubiera dicho, no lo habría creído —afirmó Cordero sintiendo que su corazón se oprimía.
—Vea usted este papel —dijo el funcionario mostrando un volante—. Benigno Cordero y su hija Elena Cordero.
—¡Mi hija! —exclamó don Benigno, lanzando un gemido de dolor—. ¿Pues qué ha hecho mi hija?
—¡Eh! Que suban los voluntarios. Así despacharemos pronto.
Don Benigno se había vuelto idiota. No se movía. Pipaón, que había oído algo desde la puerta, se acercó diciendo: