—Esto ha de ser alguna equivocación de la Superintendencia.

Al verle, los de policía le hicieron una reverencia, como suele usarlas la infame adulación cuando quiere parecerse a la cortesía.

—¿No es usted el que le llaman Mala Mosca? ¿No me debe usted su destino? —preguntó Pipaón.

—Sí, señor —repuso el infame, mostrando tras los replegados labios una dentadura que parecía un muladar—. Soy el mismo para servir al señor de Pipaón.

—A ver la orden.

Pipaón leyó a punto que entraban en la sala, sobrecogidas de terror, las tres mujeres, los dos frailecitos y la criada.

—Nada, nada: esto debe de ser un quid pro quo —dijo Bragas con disgusto evidente—; pero es preciso obedecer la orden. Desde este momento empiezo a dar los pasos convenientes...

Los de Cordero se miraron unos a otros. Se oía la respiración. En aquel instante de congoja y pavura, Elena fue la que tuvo más valor, y haciendo frente a la situación, exclamó:

—¿Yo también he de ir presa? Pues vamos. No tengo miedo.

—¡Hija de mi alma! —gritó doña Robustiana abrazándola con furor—. No te separarás de mí. Si a los dos os llevan presos, yo voy también a la cárcel y me llevo a los niños.