—Con usted no va nada, señora —dijo el polizonte—. El señor mayor y la niña son los que han de ir... Conque, andando.
Arrojose como una hiena la señora sobre aquel hombre, y de seguro lo habría pasado mal el funcionario de la Superintendencia, si doña Robustiana, en el momento de clavar las manos en la verrugosa cara de su presa, no hubiera quedado sin sentido, presa de un breve síncope. Acudieron todos a ella, y el de policía gritó, poniéndose rojo y horrible:
—¡Al demonio con la vieja!... Vamos al momento, o que suban los voluntarios. No podemos perder el tiempo con estos remilgos.
Don Benigno, cuyo espíritu estaba templado para hacer frente a las situaciones más terribles, elevose sobre aquella tribulación, como el sol sobre la bruma, e iluminando la lúgubre escena con un rayo de heroísmo que a todos les dejó absortos, gritó:
—Vamos, vamos a la cárcel. Ni mi hija ni yo temblamos. La inocencia no tiene miedo, cobardes sayones... Vamos a la cárcel, al patíbulo, a donde queráis, canallas, mil veces canallas... Yo había vuelto la espalda a la libertad, y la libertad me llama... ¡Allá voy, ideal divino; aquí estoy; adelante!... Vamos, miserables, abandono a mi esposa, a mis hijos. Todo se queda aquí... Tan miserables sois vosotros como Calomarde que os manda. Vamos a la cárcel, y ¡viva la Constitución!
Salió bizarra y noblemente, lleno de entusiasmo y valor, rodeando con su brazo el cuello de Elena, que al heroico arrojo de su padre respondió diciendo también: «¡Viva la Constitución!».
Al salir encargó a Soledad que cuidase de su madre y de sus hermanos. Algo más pensaba decir; pero los sayones no le dejaron. El compañero de Mala Mosca se quedó para registrar la vivienda.
XIII
Al día siguiente, después de las doce, entró Pipaón en la casa, muy agitado y sudoroso, como quien ha subido en pocas horas todas las escaleras de las oficinas de Madrid. Halló a doña Robustiana en lamentable estado. Yacía la atribulada señora en cama, y desde la noche anterior, lejos de calmarse sus ataques nerviosos, se habían exacerbado a causa de la inquebrantable resistencia a tomar alimento. Cuando Pipaón entró, no podía dar un paso en la estancia, porque estaba casi a oscuras con objeto de que la luz no molestase a la señora; mas por los suspiros que oía se fue guiando hasta que dio con el lecho, y pudo distinguir a Solita, sentada junto a este sin apartar la atención ni un punto de su infeliz amiga.
El ilustre cortesano de 1815 se sentó, cuidando de exhalar también un gran suspiro para que no se dudase de la autenticidad de su pena, y después de enterarse con mucha solicitud del estado de la paciente, dijo así: