—Señora, he visto a Chaperón.

Doña Robustiana contestó con un quejido lastimero.

—Señora —añadió Bragas—, he visto a Aymerich, jefe de los voluntarios realistas.

Respondiole otro quejido seguido de sollozos.

—Señora, he visto a Ugarte, a Cea Bermúdez, a varios individuos de la Junta secreta de Estado, a dos individuos de la Comisión militar.

No obtuvo respuesta.

—Señora, he visto a Calomarde, he hablado con él: estaba almorzando, me hizo pasar, le dije lo que ocurría, contestome que viese a don José Manuel de Arjona. También es amigo mío: hemos hablado largamente. Voy a enterar a usted con toda claridad de la verdadera situación en que estamos, situación grave, señora, ¿a qué ocultarlo? pero no desesperada. Yo creo que se deben pintar los sucesos tales como son, porque de nada valdría desfigurarlos, ¿estamos en eso? Pues bien: juzgue usted por sí misma.

Doña Robustiana parecía hallarse en estado de no poder juzgar nada por sí misma; pero el impávido Pipaón habló así:

—Ya sabrá usted que ha habido audaces tentativas revolucionarias en Tarifa, Almería y otros pueblos de la costa del mediodía. Esos tunantes salieron de Gibraltar. El desembarco fue un fracaso. Gracias a la vigilancia de las autoridades, tan grande iniquidad quedó frustrada. De hoy a mañana, señora, serán fusilados en Tarifa trescientos de esos pillos.

Pipaón notó que el lecho se estremecía.