—Ya sabrá usted —añadió— que por el decreto del 20 se condena a muerte a todos los que por cualquier medio pretendan restablecer el sistema representativo. Aquí será fusilado Gregorio Iglesias, un chicuelo de dieciocho años que intentó unirse a los revolucionarios del mediodía. También parece que hoy ha sido condenado a muerte otro jovenzuelo, Tomás Franco, por haber proferido expresiones contra la vida de Su Majestad... En La Coruña ha sido preciso sentar la mano. Muchos de los sentenciados a la última pena han sido ejecutados ya; otros se han suicidado con opio o abriéndose las venas... En fin, señora, esto es muy triste; pero usted comprenderá que el gobierno, viéndose acosado por esos infames demagogos negros, sedientos de desorden, necesita mostrarse riguroso, pero muy riguroso... Yo pregunto a todas las personas imparciales y juiciosas: «En vista de lo que pasa, ¿puede el gobierno ser benigno?».
El discreto amigo no recibió contestación ni de la enferma ni de Soledad; pero lo mismo que si la recibiera, prosiguió diciendo:
—Exactamente: no puede ser benigno. Los frailes, los obispos, todos los absolutistas de temple incitan al gobierno a extirpar la negrería; los voluntarios realistas, que son más levantiscos e indomables que la malhadada Milicia nacional de marras, amenazan con sublevarse si no se les da todos los días sangre de liberales, horcas y más horcas. ¿Y qué se ha de hacer? Sobre ellos, sobre esa base poderosa se asienta el edificio del absolutismo, y ¡ay de todo esto el día en que los voluntarios de la fe pasen del descontento a la sedición y de las palabras a los hechos! Por lo dicho, comprenderá usted que en la situación actual, cuando alguno, aunque sea inocente, tiene la desgracia de caer en la cárcel, no es fácil sacarle de ella a dos tirones...
Doña Robustiana exhaló la mitad de su alma en un gemido.
—No quiere esto decir que don Benigno y su niña no puedan salir —añadió Bragas—; saldrán, sí, señora; saldrán con la ayuda de Dios. Pero es difícil, sumamente difícil, ¿por qué he de decir otra cosa? ¿Por qué he de engañar a usted con ilusiones que luego serían amargos desengaños? Ahora examinemos el delito de nuestros queridos presos.
Al oír esto estremeciose otra vez el lecho, y oyéronse sílabas torpemente articuladas.
—El señor don Benigno y su hija han sido delatados, no se sabe por quién ni es fácil saberlo. Por más que yo he tratado de averiguarlo, no me ha sido posible. Acúsanles de..., pero vamos por partes, para mayor claridad. Parece que Elenita tiene un novio llamado Ángel Seudoquis.
—¡Es mentira, es una infame impostura! —exclamó doña Robustiana, sobreponiéndose a su estado nervioso—. Mi hija no tiene novio.
—Ángel Seudoquis —prosiguió Pipaón, dando poca importancia a la negativa de la enferma—, hermano de don Rafael Seudoquis, militar sin purificar, degradado y aun creo que condenado a muerte por varios horrorosos crímenes de Estado. Según consta en la delación, Rafael Seudoquis, que ha venido de Inglaterra con órdenes de los revolucionarios para hacer una tentativa, se valió de su hermano Ángel, novio de la niña, para ponerse en comunicación con don Benigno, el cual parecía tener encargo de ayudarle...
—¡Qué horrible maquinación! ¡Qué tejido de infames mentiras! —murmuró doña Robustiana ahogando los sollozos—. Sola, tú que nos conoces y sabes quién entra y sale en nuestra casa, ¿no te horrorizas de oír tales calumnias?