Soledad no contestó nada. Tenía un nudo en la garganta.
—En la delación consta también —prosiguió el amigo de la casa— que Rafael Seudoquis entró dos veces seguidas disfrazado..., grandes barbas, aspecto fiero..., yo no le conozco. Ello es que le vieron entrar. Guardábale el bulto su hermano, paseando en la calle. Consta que Elena recibía de él papeles que luego entregaba a don Benigno, y constan otras estupendas cosas que no recuerdo en este momento.
—Consta que los jueces y delatores son un enjambre de miserables bandidos —afirmó doña Robustiana con ira, incorporándose—. Sola, ¡por Dios santo!, tú que nos conoces, di a ese hombre que se engaña, porque también él, con ser nuestro amigo, parece dar crédito a tales patrañas.
—Yo ni afirmo ni niego..., poco a poco —manifestó Pipaón, conservándose en aquel saludable justo medio que le había llevado a considerables alturas burocráticas—. El señor don Benigno y su hija pueden ser inocentes y pueden no serlo: de un modo o de otro, es el señor Cordero un excelente amigo, a quien debo servir y serviré con todas mis fuerzas.
Levantose. La enferma, acometida por una convulsión, desplomose sobre las almohadas.
—Ánimo, señora —dijo con la frialdad del médico que pone recetas en el momento de la muerte—. Usted me conoce y sabe que haré cuanto de mí dependa. El caso es grave, gravísimo; ignoro hasta dónde puede llegar mi influencia; pero hay que confiar en Dios, que hace milagros, que los ha hecho algún día, que los volverá a hacer, señora, si es preciso. Dios ampara a los buenos.
Emitida esta máxima, se llevó el pañuelo a los ojos, como si quisiera limpiar la humedad de una lágrima auténtica; y después de echar un suspirillo mal sacado, salió de la alcoba, dejando a las dos mujeres más atribuladas de lo que estaban antes de su aparición.
Muy avanzada la noche, cuando la enferma, vencida por la fatiga, pudo hallar en un ligero sueño alivio a las penas de su alma, Sola subió a su casa. Ordinariamente subía la escalera en veloces saltos, cual pájaro que vuela a su nido; aquella noche la subió lentamente, con tanto trabajo como si cada escalón fuese una montaña. No apartaba los ojos del suelo, y su rostro estaba lívido. Sin duda veía dentro de sí misma espectros que la horrorizaban.
—¿Qué tienes, niña mía? —le preguntó Sarmiento, que había salido a abrirle—. ¡Cuánto tiempo sin verte!... Esa pobre gente estará muy afligida. Y gracias que tienen un ángel como tú para que les acompañe.
La huérfana no contestó nada. La voz de don Patricio parecía no ser para ella más interesante ni más expresiva que el áspero chirrido de los goznes de la puerta.