—¿Qué tienes? ¿En qué piensas? —dijo el anciano sentándose junto a ella—. Tú tienes algo.

Después de una pausa en que silenciosamente la contempló, dijo:

—¡Ya comprendo, pobre de mí! Ha llegado el momento de separarte de tu viejo, de meterme en un hospicio y de marcharte para Inglaterra. Como me has tomado algún cariño, esta separación no puede menos de afligirte.

—Ya no me voy para Inglaterra —murmuró Sola con una seriedad sepulcral que desconcertó más a Sarmiento.

—Pues entonces..., eso que me has dicho me causa muchísima alegría, hija de mi corazón. ¿Conque no te vas? ¡Qué sabrosas nuevas has traído esta noche a tu viejecito! Dame un abrazo.

Al caer en los brazos del vagabundo, y cuando este la estrechaba con amante ardor en ellos, Sola gimió dolorosamente y se echó a llorar.

—¡Ay!, abuelo..., ¡qué desgraciada es tu niña!... —exclamó—. Más le valdría no haber nacido.

XIV

En la planta baja del edificio que se llamó primero Cárcel de Corte, después Sala de Alcaldes, más tarde Audiencia, y que ahora va en camino de llamarse, según parece, ministerio de Ultramar, estaba situada la Superintendencia general de Policía. La cárcel ocupaba el inmundo edificio, que ya no existe, en la manzana inmediata, hacia la Concepción Jerónima, y que fue casa y hospedería de los padres del Salvador. Desde uno a otro caserón la distancia era insignificante, como la que existe entre la agonía y la muerte, y a falta de un Puente de los Suspiros, existía el callejón del Verdugo, de fácil tránsito para los que del tribunal pasaban a los calabozos o de los calabozos a la horca.

Las respetables oficinas de aquella institución (firme columna del orden político dominante entonces), tenían alojamiento tan digno de los jueces como de las leyes en las indecorosas crujías que ha visto no hace mucho todo el que tuvo la desgracia de frecuentar los Juzgados de primera instancia. La Comisión militar, que era la que juzgaba a toda clase de delincuentes, tenía su albergue en un antiguo edificio de la plazuela de San Nicolás; pero el presidente de ella frecuentaba tanto la Superintendencia, que se había mandado arreglar un despacho en el ángulo que da al callejón del Verdugo. El superintendente recibía en la sala contigua a la callejuela del Salvador. El contraste, horriblemente burlesco, entre los nombres de las fétidas callejuelas por donde respiraban los dos instrumentos más activos del poder judicial y político, no establecían diferencia esencial entre ellos, porque ambos eran igualmente patibularios. Las odiosas antesalas de la horca eran negras, tristes, frías, con repulsivo aspecto de vejez y humedad, repugnante olor a polilla, tabaco, suciedad, y una atmósfera que parecía formada, de lágrimas y suspiros.