En todas las grandes poblaciones y en todas las épocas ha existido siempre un infierno de papel sellado, compuesto de legajos en vez de llamas, y de oficinas en vez de cavernas, donde tienen su residencia una falange no pequeña de demonios bajo la forma de alguaciles, escribanos, procuradores, abogados, los cuales usan plumas por tizones, y cuyo oficio es freír a la humanidad en grandes calderas de hirviente palabrería que llaman autos. El infierno de aquella época era el más infernal que puede imaginar la humana fantasía espoleada por el terror.

En una serie de habitaciones sucias y tenebrosas tenían sus mesas los demonios inferiores, muy semejantes a hombres a causa de su hambrienta fisonomía y de su amarillo color, resultado, al parecer, de una inyección de esencia de pleito, que se forma de la bilis, la sangre y las lágrimas del género humano. Con los brazos enfundados en el manguito negro, desempeñaban entre desperezos, cuchicheos y bocanadas de tabaco, sus nefandas funciones, que consistían en escribir mil cosas ineptas. Con su pluma, estos diablillos pinchaban, martirizando lentamente; pero más allá, en otras salas más negras, más indecorosas y más ahumadas con el hálito brumoso de la curia, los demonios mayores descuartizaban como carniceros. Sus nefandas rúbricas, compuestas de trazos nigrománticos, abrían en canal a las pobres víctimas, y cada vez que llenaban un pliego de aquella simpática letra cuadrada y angulosa que ha sido el orgullo de nuestros calígrafos, daban un resoplido de satisfacción, señal de que el precito estaba bien cocho por un lado y era preciso ponerlo a cocer por el otro.

Las mesas negras, desvencijadas, cubiertas de hule roto por donde corría libremente la arenilla secante esperando a que se acercara una mano sudorosa para pegarse a ella, sostenían los haces de llamaradas, los paquetes de ascua, en forma de barbudos legajos amarillos, todos garabateados con la pez hirviente de los tinteros de plomo o de cuerno, en cuyo horrendo abismo se cebaban las ávidas plumas.

Mientras algunos de estos demonios escribían, otros no se daban reposo, entrando y saliendo de caverna en caverna y llevando recados a la Superintendencia y a la cárcel. Los alguaciles y ordenanzas, que eran unos pajecillos infernales muy saltones, transportaban grandes cargamentos de materia ígnea de un rincón a otro; sonaban las campanillas, como una señal demoniaca para activar los tizonazos y la quemazón; se oían llamamientos, peticiones, apuradas preguntas; buscábase entre mil legajos, el legajo A o B; se recriminaban unos a otros los del manguito en brazo y pluma en oreja; arrojaban fétidas colillas; volaba el papel con el pesado aire que entraba al abrir y cerrar las puertas; oíase chirrido de plumas trazando homicidas rúbricas, y movíanse, gimiendo sobre sus goznes mohosos, las mamparas, en cuyo lienzo roto se leía: Departamento de purificaciones... Padrón general... Sentencias... Pruebas... Negociado de sospechosos.

La Superintendencia de policía y la Comisaría militar se diferenciaban poco en el fondo y en la forma, y no se juzgue a la segunda por su calificativo, creyendo que imperaba en ella el criterio comúnmente pundonoroso y honrado de nuestro ejército. La presidía un terrible individuo que vestía de brigadier, para baldón del uniforme español; militares eran también sus vocales y el fiscal; pero todo su mecanismo interno, su personal secundario, así como sus procedimientos, habían sido tomados de la curia más abyecta. Entonces no había propiamente ejército, porque casi todo él estaba sujeto al juicio de purificación. Los voluntarios realistas, cuyo jefe era el ministro de la Guerra, sostenían el orden social, auxiliando a los sanguinarios tribunales y también imponiéndose a ellos. La Comisión militar, que contaba en el número de sus diversas misiones la de purificar a aquel nefando ejército, casi totalmente afecto a la Constitución, estaba en absoluto sometida a la voluntad de aquella odiosa palanca del gobierno llamada don Francisco Chaperón. Los demás altos individuos del aborrecido tribunal eran figuras decorativas que solo servían para hacer resaltar con su penumbra la roja aureola infernal del presidente.

Aguardaba el público en la portería de la Comisión (plazuela de San Nicolás), impaciente, mugidor, grosero, blasfemante. Componíase en gran parte de los oscuros ministros de la delación y de los testigos de cargo, porque los de descargo no eran en ningún caso admitidos. Había personas de todas clases, abundando las de la clase popular. De la clase media eran pocas; de la más elevada poquísimas. Reuniéndolo todo, lo de dentro y lo de fuera, el gentío que escribía y el que esperaba, los diablos grandes y pequeños y sus cómplices delatores, podría haberse formado un magnífico presidio. La inocencia no habría reclamado para sí sino a poquísimas personas.

Grande era el alboroto entre los que esperaban, por querer cada uno entrar antes que los demás, y los voluntarios tenían que forcejear a brazo partido para mantener el orden y establecer un turno riguroso.

—Yo estaba primero, señora... Échese usted atrás.

—¿Usted primero? Si estoy aquí desde la madrugada.

—Guardia, aquí se ha colado esta mujer. Ha venido después que yo y está delante.