—Le digo a usted que estoy aquí desde la madrugada.
—¿A qué viene usted, hermosa? Si viene usted como testigo, ha de esperar a que la llamen... Aunque no se admiten aquí testigos con faldas.
—No vengo como testigo.
—¿Viene a reclamar?... Tiempo perdido.
—No vengo a reclamar.
—¿A delatar?
La mujer calló. Era joven; vestía modestamente de negro, con mantilla; estaba pálida: sus ojos grandes y oscuros se abatían con tristeza.
—¿Pero usted a qué viene? —le preguntó el voluntario encargado de mantener el orden.
—A ver al señor Chaperón. Ya se lo he dicho a usted seis veces.
—Acabáramos... ¿Y no podría usted ver en su lugar al segundo jefe?