—No, señor. Tengo que hablar con el señor Chaperón, con el mismo señor Chaperón.

—Pues aún aguardará usted un ratito.

Una hora después, el mismo se acercó a ella, y en tono de benevolencia le dijo:

—Ahora, en cuanto salga ese señor sacerdote que acaba de entrar, pasará usted.

—Ya es tiempo.

—¿Ha esperado usted mucho, niña?

—Seis horas: son las diez. Apenas puedo ya tenerme en pie. Ayer también estuve a las ocho de la mañana. Me dijeron que esto era cosa de la Superintendencia. Fui a la Superintendencia... Allí esperé seis horas; fui de oficina en oficina, y al fin un señor muy gordo me dijo que yo era tonta y que la Superintendencia no tenía nada que ver con lo que yo iba a decir; que marchase a ver al señor Chaperón. Por la noche le busqué en su casa; dijéronme que viniese aquí...

—Usted viene a dar informes a la Comisión militar —dijo el voluntario realista, encubriendo con estas palabras la infame idea de la delación.

La joven no contestó nada.

—Ya puede usted pasar —oyó decir al fin; y otro voluntario, especie de Caronte de aquellos infernales pasadizos, la guio adentro.