Al atravesar el lóbrego pasillo, oprimiósele el corazón, tembló, creyendo que una infernal boca se la tragaba y que jamás vería la clara luz del día. Rechinó una mampara. La mujer vio una estancia regularmente iluminada por los huecos de dos ventanas angostas, y entró. Allí había dos hombres.

XV

Uno estaba en pie, colocado frente al marco de la puerta; recibiendo la luz por detrás, todo él parecía negro, negro el uniforme, negras las manos, negra la cara. Pero en la sombra podía reconocerse fácilmente al celoso funcionario que dispuso la elevación de la horca en la plaza de la Cebada el 6 de noviembre de 1823.

Sentado el otro, escribía con la soltura y garbo de quien ha consagrado una existencia entera al oficio curialesco. Era un viejecillo encorvado y pergaminoso, con espejuelos verdes, las facciones amomiadas, el cuerpo enjuto. Mientras escribía, su espinazo era una perfecta curva, cuyo extremo, o sea la región capital, casi tocaba al papel. Al dejar la pluma recobraba lentamente su posición vertical, siempre bastante incorrecta, por tener su cabeza cierta tendencia a colgar balanceándose, como fruta madura que va a caer de la rama. Tenía la costumbre de subirse a la frente las antiparras verdes mientras escribía, y entonces parecía estar dotado de cuatro ojos, dos de los cuales se encargaban de vigilar la estancia mientras sus compañeros cubrían el papel de una hermosa letra de Torío, que en claridad podía competir con la de imprenta. Su nariz y la desaforada boca combinaban armoniosamente sus formas para producir una muequecilla entre satírica y benévola que producía distintos efectos en los que tenían la dicha de ser mirados por el licenciado Lobo, pues tal era el nombre de este personaje, no desconocido para nuestros lectores.[2]

[2] Véase La corte de Carlos IV, Napoleón en Chamartín y otros volúmenes de la Primera serie.

La joven balbució un saludo dirigiéndose al de la mesa, que le parecía más principal. Después extendió sus miradas por toda la pieza, que se le figuró no menos triste y lóbrega que un panteón. Cubría los polvorientos ladrillos del suelo una estera de empleita que a carcajadas se reía por varios puntos. Los muebles no superaban en aseo ni en elegancia al resto de las oficinas, y las mesas, las sillas, los estantes ostentaban el mismo tradicional mugre que era peculiar a todo cuanto en la casa existía, no librándose de él ni aun el retrato de nuestro rey y señor don Fernando VII, que en el testero principal, dentro de un marco decorado por las moscas, mostraba la augusta majestad neta. Los grandes ojos negros del rey, fulgurando bajo la espesa ceja corrida, parecían llenar toda la sala con su mirada aterradora.

—¿Qué quiere usted? —gritó bruscamente Chaperón, mirando a la joven.

La turbación suele causar algo de sordera: así es que la interpelada dejose caer en una silla con muestras de gran cansancio.

—Gracias, señor; me sentaré. Estoy muy fatigada; no me puedo tener.

Su entrecortado aliento, su palidez, la sequedad de sus labios, indicaban una fatiga capaz de producir la muerte si se prolongara mucho.