—No he dicho a usted que se siente, sino que qué quiere —manifestó con desabrimiento el brigadier.

La joven se levantó vacilante como un ebrio.

—Puede usted sentarse, sí, siéntese usted —dijo Chaperón con menos dureza.

Lobo le hizo una seña amistosa, obsequiándola al mismo tiempo con un ejemplar de su sonrisa.

— Yo —dijo la joven dirigiéndose a Lobo, que le parecía más amable— quería hablar con el señor de Chaperón.

—Pues pronto, amiguita —gruñó este—; despachemos, que no estamos aquí para perder el tiempo.

—¿Es vuecencia el señor don Francisco Chaperón?

—Sí, yo soy... ¿qué se te ofrece? —repuso el funcionario, practicando su sistema de tutear a los que no le parecían personas de alta calidad.

—Quería hablar a vuecencia —dijo la muchacha temblando— acerca de don Benigno Cordero y su hija.

—Cordero... —dijo Chaperón recordando—. ¡Ah!, ya..., el encajero. Está bien. ¿Tú has servido en su casa?