—No, señor.

—Su causa está muy adelantada. No creo que haya nada por esclarecer. Sin embargo... Señor licenciado Lobo, recoja usted las declaraciones de esta joven.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó Lobo tomando la pluma.

—Soledad Gil de la Cuadra.

—¡Gil de la Cuadra! —exclamó Chaperón con sorpresa dando algunos pasos hacia la joven—. Yo conozco ese nombre.

—Mi padre —dijo Sola reanimándose— era muy afecto a la causa del rey. Quizás vuecencia le conocería.

—Don Urbano Gil de la Cuadra... Ya lo creo. ¿Se acuerda usted, Lobo?... Últimamente se oscureció y no supimos más de él... Era un benemérito español que jamás se dejó embaucar por la canalla.

—Murió pobre y olvidado de todo el mundo —manifestó Sola, triste por la memoria, gozosa al mismo tiempo por una circunstancia que despertaría tal vez interés hacia ella en el ánimo de aquellos señores tan serios—. Sabiendo quién soy y recordando la veracidad y honradez de mi padre, tengo mucho adelantado en la opinión de vuecencias.

—Seguramente.

—Y darán crédito a lo que diga.