—El pertenecer a una familia que se distinguió siempre por su aborrecimiento de las novedades constitucionales, es aquí la mejor de las recomendaciones.

—Pues bien, señores —dijo Soledad animándose más—, yo diré a vuecencias muchas cosas que ignoran en el asunto de don Benigno Cordero.

—Anote usted, licenciado... En efecto, siempre me han parecido algo oscuros los hechos en ese endiablado asunto de Carnero... ¿No es Carnero?... No, Cordero. Tengo la convicción de su culpabilidad; pero...

—¡Oh, señor! —dijo Soledad con viveza—. Precisamente yo vengo a decir que el señor don Benigno y su hija son inocentes.

Chaperón, que iba en camino de la ventana, dio una rápida vuelta sobre su tacón, como el muñeco de una veleta cuando cambia el viento.

—¡Inocente! —exclamó arrugando todas las partes arrugables de su semblante, que era su modo especial de manifestar sorpresa.

Lobo dejó la pluma y bajó sus anteojos.

—Sí, señor, inocente —repitió Sola.

—Oye tú —añadió Chaperón—. ¿Habrás venido aquí a burlarte de nosotros?...

—No, señor, de ningún modo —repuso la huérfana temblando—. He venido a decir que el señor Cordero es inocente.