—Cordero..., inocente... Inocente..., Cordero... ¿Qué bien pegan las dos palabrillas, eh? —dijo el comisario militar con la bufonería horripilante que le aseguraba el primer puesto en la jerarquía de los demonios judiciales.

Habíase acercado a la joven, casi hasta tocar con sus botas marciales las rodillas de ella, y cruzando los brazos y arrugando el ceño, la miraba de arriba abajo desdeñosamente, como pudiera mirar el can a la hormiga. Soledad elevaba los ojos para poder ver la tenebrosa cara suspendida sobre ella como una amenaza del cielo. Su convicción y su abnegación dábanle algún valor, por lo cual, desafiando la siniestra figura, se expresó de este modo:

—Yo afirmo que los Cordero son inocentes, que están presos por equivocación. Ya se supone que no habré venido sin pruebas.

Ella ignoraba que en aquel odioso tribunal las pruebas no hacían falta para condenar ni para absolver. No hacían falta para lo primero, porque se condenaba sin ellas; ni para lo segundo, porque se condenaba también, a pesar de ellas.

—¡Conque pruebas...! —dijo el vestiglo marcando más el tono de su bufonería—. ¿Y cuáles son esas pruebecitas?

—Yo no vengo a negar el delito —afirmó Soledad con voz entrecortada, porque apenas podía hablar mientras sintiera encima el formidable peso de la mirada chaperoniana—. Yo no vengo a negar el delito, no, señor; vengo a afirmarlo. Pero he dicho... que el señor Cordero es inocente de ese delito, que el delito, ¿me entienden ustedes?, se achacó al señor Cordero por equivocación..., y esto lo probaré revelando quién es el verdadero... culpable, sí, señor; el culpable del delito..., del delito.

—Eso varía —dijo Chaperón apartándose—. Para probarme que no vienes a burlarte de nosotros, dime cuál es el delito.

—Un oficial del ejército, llamado don Rafael Seudoquis, vino de Londres con unas cartas.

—¡Ah!... Estás en lo cierto —dijo Chaperón con gozo, interrumpiéndola—. Por ahí, por ahí...

—Como Seudoquis no podía estar en Madrid sino día y medio, las cartas venían en un paquete a cierta persona que las debía distribuir y recoger las contestaciones.