—Admirable —dijo Chaperón como un maestro que recibe del examinado la contestación que esperaba—. Y Seudoquis no celebró entrevistas con Cordero, sino con otra persona. ¿No es eso lo que quieres decir?

—Sí, señor; Cordero ni siquiera le conoce. Lo del noviazgo de Elena con Angelito es verdad; pero don Rafael no ha visto a su hermano ni a ninguna otra persona de su familia en las treinta horas que estuvo en Madrid.

—Vamos, veo que conoces el paño... Bien, paloma. Ahora, revélanos todo lo que sabes. Lobo, anote usted.

Lobo tomó la pluma y subió otra vez a la frente sus verdes ojos sin pestañas.

—Yo no diré nada —afirmó Soledad con la firmeza de un mártir—, no diré una palabra aunque me den tormento, si antes vuecencia no me da palabra de poner en libertad al señor Cordero y a su hija.

—Según y conforme... Aquí no somos bobos. Si yo veo clara la equivocación...

—¡Pues no ha de verla!... Deme vuecencia su palabra de ponerles en libertad desde que conozca al verdadero culpable.

—Bueno: te la doy, te doy mi palabra; mas con una condición. No soltaré a los Cordero si no resulta que el verdadero delincuente es un ser vivo y efectivo, ¿me entiendes? Aquí no queremos fantasmas. Si es persona a quien podemos traer aquí para que confiese y dé noticias, para que vomite todo lo que sabe y expíe sus crímenes..., corriente. Tendremos mucho gusto en reparar la equivocación. ¿Para qué estamos aquí si no es para hacer justicia?

—El delincuente —dijo Sola con firmeza— es un ser vivo y efectivo, podrá confesar su culpa... Acabemos, señores, soy yo.

Chaperón y el experto licenciado habían visto muchas veces en aquella misma siniestra sala y en otras dependencias del tribunal, personas que negaban su culpabilidad, otras que delataban al prójimo, algunas que intentaban con lágrimas y quejidos ablandar el corazón de los jueces; habían visto muchas lástimas, infamias sin cuento, algo de abnegación en pocos casos, afectos diversos y diversísimas especies de delincuentes; pero hasta entonces no habían visto ninguno que a sí mismo se acusara. Hecho tan inaudito les desconcertó a entrambos, y se miraron consultándose aquella jurisprudencia, superior a sus alcances morales.