—¿De modo que tú dices que tú misma eres quien cometió esos delitos que Su Majestad nos ha mandado castigar? ¿Tú?...
—Sí, señor; yo misma.
—¿Y tú misma lo aseguras?... De modo que te delatas a ti propia... —insistió Chaperón, no dando entero crédito a lo que oía—. Anote usted, Lobo. Esto es singularísimo, lo más singular que hemos visto aquí. Lobo, anote usted.
Si en vez de decir «anote usted», hubiera dicho: «Lobo, muerda usted», el leguleyo no se habría arrojado con más ferocidad sobre la pluma y el papel. La extrañeza del caso hacía estremecer todas las fibras de su corazón, digámoslo así, de curial. —Soledad Gil de la Cuadra —dijo el magistrado militar dictando— compareció..., etc...
Después, volviéndose a la víctima, que observaba el mover de la pluma de Lobo, como si desde su sitio pudiera leer lo que este escribía, le dijo:
—¿Conque tú has sostenido relaciones con los emigrados? ¿Cuántas veces? ¿Con varios o con uno solo?
—Con uno solo.
—Relaciones políticas, se entiende —indicó Chaperón, más bien afirmando que preguntando.
—No, señor; relaciones de amistad —dijo Soledad vacilando.
—¿De amistad?... ¿Quién es él?