Solita, después de dudar breve instante, pronunció un nombre. Pudo observar que Lobo, al notar aquel nombre, frunció primero el ceño, exagerando después, hasta llegar a la caricatura, la contracción burlesca de su boca.

—¿Tienes tú parentesco con ese bergante? —preguntó Chaperón.

—No, señor.

—Entonces, ¿qué relaciones son esas?

—Es mi hermano..., quiero decir, mi amigo, mi protector.

—Ya, ya sabemos lo que quieren decir esas palabrillas —gruñó el hombre-horca dando a luz una especie de sonrisa—. Háblanos con franqueza, que juez y confesor vienen a ser lo mismo. ¿Eres tú su querida?

Soledad se puso como la grana. Dominándose, habló así:

—Condéneme usted; pero no me avergüence. Yo no soy querida de nadie.

—¿Venimos aquí con vergüencillas? —vociferó el ogro riendo con brutal jovialidad—. ¡Ay, qué mimos tan monos!... Paloma, recoge ese colorete. ¿Ruborcillo tenemos? Aquí se conoce el mundo. Señor Lobo, anote usted que ha revelado tener relaciones ilícitas con el susodicho...

—No es cierto, no es cierto —exclamó Soledad levantándose y corriendo hacia la mesa.