Electra. Algunos... por el lenguaje de los ojos, que no siempre sabemos interpretar. Por eso no los cuento.

Máximo. Sí: hay que incluirlos a todos en el catálogo, lo mismo a los que tiran de pluma que a los que foguean con miraditas. Y henos aquí[66] frente al grave asunto que reclama mi opinión y mi consejo. Electra, debes casarte, y pronto.

Electra (bajando los ojos, vergonzosa). ¿Pronto?... Por Dios, ¿qué prisa tengo?

Máximo. Antes hoy que mañana. Necesitas a tu lado un hombre, un marido. Tienes alma, temple, instintos y virtudes matrimoniales. Pues bien: en la caterva de tus pretendientes, forzoso será que elija yo uno, el mejor, el que por sus cualidades sea digno de ti. Y el colmo de la felicidad será que mi elección coincida con tu preferencia, porque no adelantaríamos nada, fíjate bien, si no consiguiera yo llevarte a un matrimonio de amor.

Electra. (con suma espontaneidad). ¡Ay, sí!

Máximo. A la vida tranquila, ejemplar, fecunda, de un hogar dichoso...

Electra. ¡Ay, qué preciosidad! ¿Pero merezco yo eso?

Máximo. Yo creo que sí... Pronto se ha de ver. (Concluyen de comer el arroz.)

Electra. ¿Quieres más?

Máximo. No, hija: gracias. He comido muy bien.