Máximo. Para que hable usted de metales duros.

Marqués. Electra volverá a su casa con nosotros...

Máximo. Conmigo, y esto bastará para que sus tíos le perdonen su travesura.

Pantoja. Sus tíos no la perdonarán ni la recibirán mejor viéndola entrar contigo, porque sus tíos no pueden renegar de sus sentimientos, de sus convicciones firmísimas. (Exaltándose.) Yo estoy en el mundo para que Electra no se pierda, y no se perderá. Así lo quiere la divina voluntad, de la que es reflejo este querer mío, que os parece brutalidad caprichosa, porque no entendéis, no, de las grandes empresas del espíritu, pobres ciegos, pobres locos...

Electra (consternada). Don Salvador, por la Virgen, no se enfade usted. Yo no soy mala... Máximo es bueno... Usted lo sabe... los tíos lo saben... ¡Que no debí venir aquí sola...! Bueno... Volveré a casa. Máximo y el Marqués irán conmigo, y los tíos me perdonarán. (A Máximo y al Marqués.) ¿Verdad que me perdonarán?... (A Pantoja.) ¿Por qué quiere usted mal[76] a Máximo, que no le ha hecho ningún daño? ¿Verdad que no?[77] ¿Qué razón hay de esa ojeriza?...

Máximo. No es ojeriza: es odio recóndito, inextinguible.

Pantoja. Odiarte no. Mis creencias me prohíben el odio. Cierto que entre nosotros, por causa de tus ideas insanas, hay cierta incompatibilidad... Además, tu padre, Lázaro Yuste, y yo, ¡ay dolor! tuvimos desavenencias profundas, de las que más vale no hablar ahora. Pero a ti no te aborrezco, Máximo... Más bien te estimo. (Cambiando el tono austero e iracundo por otro más suave, conciliador.) Dejo a un lado la severidad con que al principio te hablé, y forzando un tanto mi carácter... te suplico que permitas a Electra partir conmigo.

Máximo (inflexible). No puedo acceder a su ruego.

Pantoja (violentándose más). Por segunda vez, Máximo, olvidando todo resentimiento, casi, casi deseando tu amistad, te lo suplico... Déjala.

Máximo. Imposible.