Pantoja. Una pena... que me aflige más por ser yo quien he de causártela.
Electra (rebelándose, se levanta). ¡Penas!... No, no las quiero. ¡Guárdeselas usted!... No me traiga más que alegrías.
Pantoja (condolido). Bien quisiera; pero no puede ser.
Electra. ¡Oh! ya estoy aterrada. (Con súbita idea que la tranquiliza.) ¡Ah!...ya entiendo... ¡Pobre Don Salvador! Es que quiere decirme algo malo de Máximo, algo que usted juzga malo en su criterio, y que, según el mío, no lo es... No se canse... yo no he de creerlo... (Precipitándose en la emisión de la palabra, sin dar tiempo a que hable Pantoja.) Es Máximo el hombre mejor del mundo, el primero, y a todo el que me diga una palabra contraria a esta verdad, le detesto, le...
Pantoja. Por Dios, déjame hablar... no seas tan viva... Hija mía, yo no hablo mal de nadie, ni aun de los que me aborrecen. Máximo es bueno, trabajador, inteligentísimo... ¿Qué más quieres?
Electra (gozosa). Así, así.
Pantoja. Digo más: te digo que puedes amarle, que es tu deber amarle...
Electra (con gran satisfacción). ¡Ah!...
Pantoja. Y amarle entrañablemente... (Pausa.) Él no es culpable, no.
Electra. ¡Culpable! (Alarmada otra vez.) Vamos, ¿a que[98] acabará usted por decir de él alguna picardía?