Don Urbano. Al pasar por estos patios, ¿has visto a Electra?

Máximo. No.

Dorotea (asomada el ventanal). Ahora pasa. Viene del cementerio.

Máximo (corriendo al ventanal con Don Urbano). ¡Ah, qué triste, qué hermosa! La blancura de su hábito le da el aspecto de una aparición. (Llamándola.) ¡Electra!

Don Urbano. Silencio.

Máximo. No puedo contenerme. (Vuelve a mirar.) ¿Pero vive...? ¿Es ella en su realidad primorosa, o una imagen mística digna de los altares?... Ahora vuelve... Eleva sus miradas al cielo... Si la viera desvanecerse en los aires como una sombra, no me sorprendería... Baja los ojos... detiene el paso... ¿Qué pensará? (Sigue contemplando a Electra.)

Marqués (que ha permanecido en el proscenio con Evarista). Sí, señora: falso de toda falsedad.

Evarista. Mire usted lo que dice...

Marqués. O el venerable Don Salvador se equivoca, o ha dicho a sabiendas lo contrario de la verdad, movido de razones y fines a que no alcanzan nuestras limitadas inteligencias.

Evarista. Imposible, Marqués. ¡Un hombre tan justo, de tan pura conciencia, de ideas tan altas, faltar a la verdad...!