Electra (con voz apagada y medrosa). Mi madre me llama.

Pantoja (cariñosamente, cogiéndola de la mano). La voz dulce de tu madre, hablándote en espíritu, te confortará, te ligará con lazos de piedad y amor a esta santa casa. (Óyese por la iglesia coro de novicias.) Escucha, hija mía, esas voces de los ángeles, que te llaman desde el Cielo.

Electra (delirando). Es el canto de los niños jugando al corro. Entre esas voces tiernas suena la de mi madre llamándome a su sepulcro.

Pantoja. Estás alucinada. Es el coro de ángeles divinos.

Electra. No hay ángeles, no, no... Oigo mi nombre, oigo el bullicio de los niños, que remueve toda mi alma. Son los hijos del hombre, que alegran la vida. (Continúa oyéndose más apagado el coro de novicias.)

Pantoja (inquieto). Hermana Dorotea, diga usted a la Hermana Guardiana que vigile la puerta de la calle Nueva y la de la Ronda. (A izquierda y derecha.)

Dorotea. Voy, señor.

Pantoja. No, no: yo iré... No me fío de nadie... Quiero vigilar todos los patios, todos los pasadizos y rincones del edificio. (Alarmado, creyendo sentir ruido.) Silencio... ¿No oye usted?

Dorotea. ¿Qué?... Nada, señor... Es aprensión.

Pantoja. Creí sentir rumor de voces... golpes en alguna puerta lejana. (Escucha.)