Evarista. ¡Ay! no opino lo mismo, no, no...

Pantoja (por el foro algo sofocado). Aquí están... y también Cuesta, para que no pueda uno hablar con libertad...

Evarista (gozosa de verle). Al fin parece usted... (Se forman dos grupos: a la izquierda, Cuesta sentado, Don Urbano en pie; a la derecha, Pantoja y Evarista sentados.)

Pantoja. Vengo a contar a usted cosas de la mayor gravedad.

Evarista (asustada). ¡Ay de mí! Sea lo que Dios quiera.

Pantoja (repitiendo la frase con reservas). Sea lo que Dios quiera... sí... Pero queramos lo que quiere Dios, y apliquemos nuestra voluntad a producir el bien, cueste lo que cueste.

Evarista. La energía de usted fortifica mi ánimo... Bueno...¿y qué...?

Pantoja. Hoy en casa de Requesens, han hablado de la chiquilla en los términos más desvergonzados. Contaban que acosada indecorosamente del enjambre de novios, se deleita recibiendo y mandando cartitas a todas horas del día.

Evarista. Desgraciadamente, Salvador, las frivolidades de la niña son tales, que aun queriéndola tanto, no puedo salir a su defensa.

Pantoja (angustiado). Pues oiga usted más, y entérese de que la malicia humana no tiene límites. Anoche el Marqués de Ronda, en la tertulia de su casa, delante de Virginia, su santa esposa, y de otras personas de grandísimo respeto, no cesaba de encomiar las gracias de Electra en términos harto mundanos, repugnantes.