Evarista. Tengamos paciencia, amigo mío...
Pantoja. Paciencia... sí, paciencia; virtud que vale muy poco si no se avalora con la resolución. Determinémonos, amiga del alma, a poner a Electra donde no vea ejemplos de liviandad, ni oiga ninguna palabra con dejos maliciosos...
Evarista. Donde respire el ambiente de la virtud austera...
Pantoja. Donde no la trastorne el zumbido de los venenosos pretendientes sin pudor... En la crítica edad de la formación del carácter, debemos preservarla del mayor peligro, señora, del inmenso peligro...
Evarista. ¿Cuál es?
Pantoja. El hombre. No hay nada más malo que el hombre, el hombre... cuando no es bueno. Lo sé por mí mismo: he sido mi propio maestro. Mi desvarío, de que curé con la gracia de Dios, y después mi triste convalecencia, me enseñaron la medicina de las almas... Déjeme, déjeme usted... Yo salvaré a la niña... (Le interrumpe Don Urbano, que pasa al grupo de la derecha.)
Don Urbano (dando interés a sus palabras). ¿Saben lo que me dice Cuesta? Pues que entre la cáfila de novios hay un preferido. Electra misma se lo ha confesado.
Evarista. ¿Y quién es? (Pasa de la derecha a la izquierda, quedando a la derecha Pantoja y Urbano.)
Don Urbano (a Pantoja). Esto podría cambiar los términos del problema.
Pantoja (malhumorado). ¿Pero esa preferencia qué significa? ¿Es un afecto puro, o una pasioncilla inmoderada, febril, de éstas que son el síntoma más grave de la locura del siglo? (Muy excitado, alzando el tono.) Porque hay que saberlo, Urbano, hay que saberlo.