—¡Matarla! ¡Estás loco!
—Sí: para comérsela.
No pude reprimir la risa, a pesar de que mi ánimo no estaba para burlas.
—El Sr. Nomdedeu —prosiguió Badoret—, se volvió loco y quiso comernos a todos.
—Estáis tontos sin duda —repliqué—. Llévame a donde está Siseta.
—¡Como no vayas por donde yo he venido!... De la casa del canónigo donde estamos, se pasa por el tejado a la del droguero de la calle de la Argentería; pero de esta no se puede salir a la calle porque está cerrada... Por la bodega, se pasa a una casa del otro extremo que está quemada, y por las tejas se baja a los balcones del río. Si puedes hacer que te abran la puerta de la casa del droguero que está en la calle de la Argentería junto a la plaza de las Coles, entrarás mejor que yo he salido.
—Vamos allá —dije con resolución—. Si ese señor droguero no nos quiere abrir la puerta, la derribaremos a puñetazos.
Por fortuna, no me pusieron obstáculos a que entrara por la casa indicada, lo cual verifiqué dejando a Josefina en la inmediata de la calle de la Neu. Subí al tejado, y saltando con grandes esfuerzos y peligros de techo en techo, llegamos Badoret y yo a las buhardillas de la casa del canónigo. Allí en un lóbrego aposento del desván, donde antaño tuvo su vivienda el ama de gobierno del Sr. Ferragut, yacía la pobre Siseta sin movimiento ni sentido sobre miserable colchón. La llamé con fuertes voces, incorporela en el lecho, y la infeliz abrió los ojos, pero sin aparentar reconocerme. Mi gozo al ver que vivía fue inmenso; pero aún dudaba que pudiese tornar a la vida, y no pensé más que en prodigarle toda clase de socorros. Recorrí la casa aturdidamente sin darme cuenta de lo que buscaba, y vi en distintas habitaciones hasta una docena de chicos de ocho a doce años, en quien reconocí a los amigos que acompañaban a Badoret y Manalet en todas sus correrías; pero el estado de aquellos infelices niños era atrozmente lastimoso y desconsolador. Algunos de ellos yacían muertos sobre el suelo, otros se arrastraban por la biblioteca sin poderse tener, uno estaba comiéndose un libro, otro saboreaba el esparto de una estera.
—¿Qué ha pasado aquí? —pregunté a Badoret.
—¡Ay, Andrés! no podemos salir por ninguna parte. Estábamos encerrados hace dos días. A nuestra casa no se podía pasar, porque siete paredes llenaron el patio hasta arriba. No teníamos que comer, ni donde encontrarlo... Esta mañana buscamos Manalet y yo una salida. Él se descolgó por la calle de la Argentería, y yo por donde me viste... pero a mí se me está ya pegando la lengua al cielo de la boca, no puedo moverme, y me caigo muerto también.