Diciéndolo, Badoret cerró los ojos y se extendió de largo a largo en el suelo. Algunos de sus camaradas lloraban, llamando a sus madres, y por todos lados el espectáculo de aquella desolación infantil contristaba mi alma. Resuelto a obrar con prontitud, pasé por el tejado a las casas inmediatas, llamé, pedí socorro, logré que me oyeran y que acudiesen en mi auxilio algunos vecinos, y bien pronto reuní en los desiertos lugares donde se hallaba mi infeliz amiga gran número de víveres y no pocas personas caritativas.

La primera en quien probamos nuestros recursos fue Siseta, que tardó mucho en recobrar su acuerdo, inspirándome serias inquietudes; pero al fin me reconoció, y vencida su repugnancia a tomar los alimentos que le ofrecíamos, convenciéndose al fin de que no le dábamos animales inmundos ni horribles manjares, entró en un período de fortalecimiento que indicaba enérgica disposición de la naturaleza a recobrar su primitivo equilibrio y asiento. Badoret cobró sus fuerzas con más rapidez, y a la media hora ya hablaba como una taravilla arengando a sus amigos. Para algunos de estos llegó tarde el remedio, y no nos dieron más trabajo que entregar sus cuerpos a las pobres madres que a recogerlos venían después de buscarlos inútilmente por toda la ciudad.

—Hermana Siseta ha despertado al fin —me dijo Badoret, tragándose medio pan—. Yo pensé que íbamos a quedarnos aquí para que se regalaran con nuestro pellejo Napoleón, Sancir, Agujerón y los demás que andaban por acá. No estamos todos vivos, Andrés, porque Pauet no resuella, y Sisó, que estaba tan rabioso contra los cerdos, se ha quedado tieso en la biblioteca con medio libro en el cuerpo y otro medio en la mano. Así quisiera yo ver al condenado de D. Pablo Nomdedeu, que quiso hacer con nosotros un guisote. Ya estamos libres de caer al fondo de la cazuela con sal y agua, y eso de que la señorita Josefina se le almuerce a uno, no tiene gracia... Los marranos están ya dentro de Gerona... ¡Vaya... y decían que D. Mariano no les dejaría entrar! Si es lo que yo digo... mucha facha, mucho boquear, y después nada.

—No desatines, y cuéntame por qué trajísteis aquí a tu hermana.

—Pregúntaselo a D. Pablo y a la señora Sumta. Nosotros le llevamos a hermana Siseta siete reales que habíamos ganado. Hermana Siseta estaba llorando, con Gasparó en brazos. Un caballero entró en la casa, y con malos modos mandó que enterrásemos al niño. Entonces hermana Siseta le dio muchos besos, y yo le cargué para llevarle a la fosa; pero me daba lástima y estuve con él a cuestas todo el día, hasta que al fin... Manalet echaba la tierra y yo la apretaba con las manos para que quedase bien. Pero luego quisimos volverle a ver, sacamos la tierra... ¡Ay! Andresillo: después la tornamos a echar y ya no le vimos más... Al volver a casa, D. Pablo entró suspirando y dando gemidos, y dijo que traía todos los huesos rotos. Después pidió algo de comer a la señora Sumta, y la señora Sumta se puso también a echar suspiros y regüeldos. La señorita Josefina, tendida en el suelo, se chupaba los dedos; D. Pablo empezó a gritar llamando al santo acá y al santo allá, y luego a todos nos daba con la punta del pie, diciendo: «Levantaos y salid a buscar algo para mi hija.» Después del entierro, habíamos comprado con los siete reales un pan negro y duro, y se lo dimos a mi hermana. ¡Si vieras qué ojos le echó D. Pablo! Siseta es más tonta... ¿creerás que no quiso el pan, y mandó que se lo diéramos a la señorita Josefina? Pero yo dije: «Sí, para ella está», y dando la mitad a Manalet empezamos a comérnoslo. La señora Sumta, saltando encima de mí, me quitó mi parte; pero Manalet se comió toda la suya de un tragón, atacándosela con los dedos para que le pasara por el gañote. Entonces, amigo Andrés, el Sr. Nomdedeu fue arriba, y bajando al poco rato con un gran cuchillo, nos dijo: «Diablillos desvergonzados, puesto que no servís más que de estorbo, os comeremos.» Yo me reí, y Manalet se puso a temblar y a llorar; pero yo le decía: «No seas burro; primero nos le comeríamos nosotros a él, si tuviera algo más que huesos. La señora Sumta sí que está gordita.» Cuando la vieja oyó esto me amenazó con el puño, y Don Pablo volvió a decir... «Sí: nos los comeremos, ¿por qué no?...» Después la señorita Josefina se abrazó a su padre, y este se puso a llorar soltando lagrimones como balas, y luego la arrullaba en sus brazos como a un chiquillo. ¡Pobre D. Pablo! De veras me daba lástima... Arrullando a su hija le cantaba como a los niños, y después decía: «Señora Sumta, traiga usted una taza de caldo.» Al oír esto, no podía menos de reírme, y dije: «Pues ya que va a la cocina la señora Sumta, tráigame a mí un par de perdices, porque estoy desganado, y no quiero más.» Los dos se pusieron furiosos; pero el médico parecía loco, y todo se le volvía gritar: «Señora Sumta, traiga usted caldo para mi hija; tráigalo pronto, o la mato a usted...» ¡Si le hubieras visto, Andrés! Echaba chispas por los ojos, y con los pelos amarillos tiesos sobre el casco, parecía nada menos que un demonio... En esto pasaron mis amigos por la calle, llamáronme, yo salí con ellos, y al poco rato, cuando iba por la calle de Ciudadanos, veo venir a Manalet corriendo y llorando, que decía: «Hermano Badoret, ven pronto, que D. Pablo nos quiere matar a todos.» Chico, eché a correr con todos mis amigos hacia casa. ¿Has visto un gato rabioso cómo tira la zarpa, enseña los dientes, bufa y salta? Pues así estaba D. Pablo. Dejando a su hija en el suelo, venía hacia nosotros, nos amenazaba con el cuchillo, golpeaba con el pie a mi hermana, luego parecía querer matarse a él mismo, y a todo esto gritaba: «¡Quiero acabar con el género humano!...» Esto lo dijo muchas, muchísimas veces. Mis amigos estaban muertos de miedo, y yo cogí unas tenazas para tirárselas a la cabeza. Pero no me dio tiempo, porque sin soltar su cuchillo salió a la calle, gritando siempre que iba a acabar con todo el género humano, y entonces Manalet dijo: «Vámonos de aquí, y llevémonos a Siseta.» Dicho y hecho: éramos doce; entre los más grandes cargamos a mi hermana, que estaba como un cuerpo muerto, sin mover brazo ni pierna, y la llevamos a la casa del canónigo; Manalet, lleno de miedo, iba delante chillando: «A prisa, a prisa, que viene otra vez con el cuchillo...» ¡Ay! Amigo Andrés, cuando nos vimos en esta casa, respiramos. Luego, porque la pobrecita no estuviera sobre la baldosa del patio, la subimos a este aposento con grandísimo trabajo, poniéndola en la cama donde la ves. La llamamos, y no nos respondía. Entonces nos ocurrió que debíamos buscarle algo que comer; pero no hallábamos salida más que por los tejados, y antes nos asparían que pasar otra vez a nuestra casa. Aquí de los apuros, chico: llegó la noche y nos moríamos de hambre. Pauet y Sisó anduvieron por los techos comiéndose las yerbas y el musgo que nacen entre las tejas. Yo bajé a la bodega... ni rastro de Napoleón. Se han ido todos al otro lado del Oñar, corriéndose hacia el campo enemigo... Pues como te iba contando, vino después de la noche el día, y después del día otra noche, y luego amaneció el día de hoy y nosotros sin comer. Se me olvidaba contarte que oímos caer la bomba en nuestra casa, y yo dije: «Ahí me las den todas. Si ha cogido a Nomdedeu, bien empleado le está por bruto...» Amigo, desde el tejado nos asomábamos a los patios de todas las casas de por aquí; llamábamos a la gente para que nos socorriera; pero no nos hacían caso. Verdad es que muchos de los que veíamos abajo estaban muertos. Mis amigos se acobardaron ¡pobrecitos! como unos gallinas, y Sisó dijo que se iba a comer una de sus manos. Yo les llevé a la biblioteca, dándoles permiso para que sacaran el vientre de mal año con los libros, y así fueron tirando algunos. ¡Qué día, qué noche, Andrés! Mi hermana no nos respondía cuando la llamábamos, y Manalet me dijo: «Hermano, yo me voy a tirar del tejado a la calle para traer algo de comida a Siseta...» Estuvimos mirando las rejas y los balcones para ver si podía saltar, y, por fin, Manalet se fue escurriendo, no sé cómo, sentando los pies en los clavos, y las manos en las rejas, y bajó a la calle por junto a la plaza. Yo bajé también por donde me viste, y con esto te digo todo, porque ya no hay nada más que contar.

—Bien, Badoret; veo que acertaste en trasladar aquí a tu hermana, pues aunque no me parezca cierto, como dijiste, que D. Pablo quisiera merendarse a tu familia, ese es un hombre a quien la desgracia de su hija exalta y enfurece, y capaz es de cometer cualquier atrocidad. Ahora, gracias a Dios, estamos libres de tales horrores, porque el sitio ha concluido, y hay en Gerona víveres abundantes.

Al caer de la tarde, Siseta, sus dos hermanos y los camaradas de estos que habían escapado a la muerte, no ofrecían cuidado. Al día siguiente trasladé a mis amiguitos a una casa de la calle de la Barca, donde nos dieron asilo.

XXIII

Yo no tardé en reponerme, y transcurridos pocos días me presenté a mi amo D. Francisco Satué, quien me dio una malísima noticia.

—Disponte para el viaje —me dijo, dándome uniforme, tahalí y espada, para que en todo ello comenzase a ejercitar mis altas funciones.