—¡Yo!—exclamó Daniel con asombro.
—Es claro: usted no ha de darme cuenta de sus acciones. En fin, usted hará lo que guste. Si una noche no le ve á usted el Sr. D. Buenaventura, otra noche puede verle, y tendremos un disgusto, un verdadero disgusto.
—Señora... teme usted que nos vea D. Buenaventura... ¿dónde? ¿á qué hora?—dijo el hebreo con gran interés.
—Eso ustedes lo sabrán. Mi cuñada, que es persona incapáz de mentir, ha visto á la señorita Gloria salir de la casa á media noche con un hombre...
—¡Salir de la casa!
—Con un hombre...
—¡Con un hombre!...
—Sí señor... La vió el lunes desde la calle, porque fué al parto de Nicanora, la de mi cuñado Gil... pues... Después acechó el martes por la noche desde su ventana, porque Teresa vive al lado... ya sabe usted... y no sé si la vió salir también. Por mucho que se quieran ocultar ciertas cosas, no se puede, señor de Morton. Este pueblo, aun en la lóbrega obscuridad de sus noches, tiene cien ojos. Los de Ficóbriga somos algo curiosos, y aquí ruedan las noticias que es un primor. No habrá hoy en la villa quien no sepa...
—Que la señorita Gloria sale...
—En busca de usted. Es natural... En fin, me estoy metiendo en lo que no me importa. ¿No es verdad, Sr. D. Daniel? ¡Qué importuna soy!... Que pase usted buenas noches, caballero.