—Irá; pero... Si usted me lo permite... —dijo la de Halma, súbitamente asaltada de una idea.

—¿Qué?

—Antes de mandarle allá, haré yo un pequeño examen.

—Corriente. Y luego me toca a mí, que he de ser duro, examinador implacable. Mire usted: le propondré, para que me los desarrolle, los puntos más difíciles de las Summas y de las...

—¡Pobrecillo! No tanto...

—Como no es más que una prueba, pronto se conoce si su inteligencia declina.

—Y aunque declinase un poco, por causa de la edad, de los disgustos, su razón puede conservarse sin ningún extravío, y siendo así, debiera el Superior devolverle las licencias.

—Lo veremos. No digo que no... Señora mía, adiós.

—Don Remigio, muchas gracias por todo. ¿No quiere tomar nada?

—¡Oh, gracias! Fuera de mis horas, ya sabe que no...