—¿Qué?
—Ver al propio Nazarín. El sujeto vivo dará más luz que una historia cualquiera, aun suponiendo que no fuese fantástica, y tan solo escrita para entretenimiento de los desocupados.
—¿Ver a Nazarín? ¿Dónde?
—En cualquier parte. En el hospital..., aquí.
—Eso me parece más grave. Con todo, no digo que no.
—Diga usted que sí, y acabaremos más pronto. Ahora, punto y aparte: hablemos de otra cosa.
—Pues a otra cosa —repitió Flórez, algo caviloso por el repentino salto de la tristeza al contento en el ánimo de la ilustre señora—. Ya sabe usted que mañana se hará la entrega de la legítima. Ya hemos salido de eso.
—¡Gracias a Dios! Mucho tengo que agradecer también a mi hermano —dijo Catalina sentándose algo fatigada, cual si sus excitados nervios entraran en sedación—. Si he de decirle a usted la verdad, veo con absoluta indiferencia la llegada de ese dinero a mis pobres manos.
—La persona que mira al cielo —dijo el cura entornando los ojuelos para ver mejor el rostro de su amiga—, se acostumbra mejor que otras a despreciar los bienes terrenales.
—Y respecto al empleo que debemos dar a ese capitalito, ya hablaremos despacio.