—Si no recuerdo mal, ya hemos hablado bastante. Convinimos en que usted fundaría, en pleno campo y lejos del bullicio, un instituto de caridad, con rentas propias...
—Y que antes, se reservaría una suma para repartirla entre los necesitados.
—Sí; pero eso es difícil, porque no tendríamos ni para empezar. La caridad debe hacerse con método, apoyándose en el criterio de la Iglesia, y favoreciendo los planes de la misma. No vale dar limosna sin ton ni son. Falta saber a quién se da, y cómo se da.
—¿Sabe usted, mi buen don Manuel, que no entiendo bien eso?
—Se lo expliqué a usted con toda latitud ayer mismo.
—Pues lo he olvidado. Pero no hay que repetirlo. Ya lo comprenderé cuando tenga la cabeza más serena.
De repente, el buen clérigo se dio un golpe en la frente, como si quisiera matar un mosquito que le picaba, y exclamó:
—¡Ah, ya caigo, ya, ya!
—¿Qué?
—Nada, que mientras hablábamos, me devanaba yo los sesos pensando quién habría estado aquí hoy de visita. Y ahora me ha venido súbitamente a la memoria.