A esto llegaban cuando volvió la criada trayendo un plato con varios pedazos de turrón, de parte de la señorita Emilia y del señorito Miquis. No considerándose aún desagraviada Isidora con estos regalitos, negose a admitirlos; pero Mariano se abalanzó al plato más pronto que la vista, y arrebatando el turrón, empezó a engullir con tanta prisa, que no pudo su hermana evitarlo.
«¡Malcriado..., glotón!—le dijo cuando otra vez se quedaron solos—. ¿No has comido ya bastante?».
Mariano negó con la cabeza, por no poder hacerlo con la boca.
«Te pondré interno en un colegio».
Mariano hizo con los dedos una señal que quería decir: «Me escaparé».
«No te escaparás. ¿Piensas que vas a lidiar con bobos? Hay un maestro muy rígido.
—De la bofetada que le pego—dijo Mariano pudiendo ya articular algunas palabras—, va volando al tejado.
—¡Fanfarrón!...».
En la sala, la cena parecía tocar a su fin. Todas las clases de turrón habían sido probadas, así como las granadas y las ruedas de naranjas espolvoreadas de azúcar. Relimpio, con la última copa de cariñena, dio con su cuerpo en tierra. «¡A la Misa del Gallo, vamos a la Misa!», gritaba con torpe lengua el insigne galán rodando debajo de la mesa. Muertos de risa los demás, le cogieron por los cuatro remos para llevarle a la cama, y él iba cantando el Kirie eleisón con voz de sochantre, y los demás riendo y vociferando, de lo que resultaba el más grotesco cuadro y música que se pudiera imaginar.
«¡Cuánta grosería! ¡Qué gente tan ordinaria!»—exclamó Isidora.